13.4.05

Entre la montaña y el mar.

Como no cuesta nada pedir; y contra el vicio de pedir está la virtuosísima virtud de no dar... Y como expresar los deseos es necesario, a no ser que se quiera reventar... Como la vergüenza hay que perderla o te pierdes y te mueres de vergüenza... Por eso y por muchas cosas yo tengo que hacer patente mi deseo de hacerte el amor.
No es una necesidad como la de tomar una paella y unos escalopines, pan, bebida y postre... Ni una necesidad como la de escuchar música tomando una birra al tiempo que haces de los solitarios un placer igual. Es algo más mitigado por la suavidad y la ternura, como más asilvestrado por lo que de desmedida y contenida pasión lleva. Hacer el amor no es solo arar la tierra que se reseca y hacerla fértil con el polen del futuro; ni hacer crecer flores en el vientre de la bestia. Es algo más, e incluso mucho más.
Quiero desnudarte. Para ello antes te he vestido como no he vestido a nadie. Hasta ahora te he visto a través de la copa y del líquido que la medio llena. Y ese líquido que la medio vacía me hace desearte más que nunca. Eres un tren al fin de la noche entre la montaña y el mar. Déjame montar y condúceme a través de esos campos... Arrástrame sobre ti tal y como ahora me arrastras tras de ti... ¿De qué sirve seducir si no puedo palpar el epicarpio de tus labios? La prueba de fuego de la seducción es degustar el fruto que se abre inmenso y oscuro para la claridad de un momento.
Quiero hacerte el amor.

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