Un mundo de avestruces y payasos.
He visto muchos avestruces. Alguno muy viejo, alguno muy joven. Pero avestruces de ciudad. Más nocivos, más nauseabundos; más dignos de compasión. Y además tenían la capacidad de camuflarse. Avestruces a unas horas, serpientes a ratos; pero voraces siempre. Y debes sonreír... Pero también decir basta. Esto es un juego; y el que pierde tendría que morir si fuese coherente. Pero por encima de la coherencia está el autoengaño; por eso los avestruces que conozco sobreviven: unos muy viejos, otros muy jóvenes. No juegan, creen vivir; están resecos, marchitos, duros: estériles para cualquier empresa. Castrados avestruces que necesitan crecer más aún de cuello y encoger de corazón hasta ser un punto cordial entre el pecho podrido. Sueñan que viven y mueren soñando; son parodia de un noble pasado y añoranza de un ñoño porvenir. Son un espasmo ventral, una rectal sonrisa, un estertor de incapacidad y de flaca insaciabilidad. La basura con corazón vuela poco, pero se cree ave de altos vuelos: así es el avestruz urbano de esta ultratumba descolorida.

1 comentarios:
Qué rica la carne de avestruz, pero no tiene nada que hacer en comparación con la carne humana... mmmmmmmmmhhhhhh.... deliciosa...
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