Frío
-¿Qué te hicieron?
-Ya no lo sé... Ni me importa... Ya no hay mucho que decir.
Me miró asintiendo, con esa seguridad de siempre, ese semblante que inspira certeza y hace que no pienses en si lo que decía era cierto o no.
-Son patitos feos y tú un cisne. O, mejor, son corderos y tú un lobo que quiere ser cordero.
-Las metáforas ya no cuentan mucho.
-Te noto "bajo".
-Estoy "bajo".
-Sí. Pero... (silencio)... Pero ya no hay trenes. Ésta es la última estación. Y no hay mucho que decir.
-¿Qué va a pasar?
-¿Y qué importa, Mar?
Le miré y sabía que todo estaba acabado.
Creo que está convencido de que la cosa no durará mucho. Y no quiero que dure. Esto duele.
Tengo miedo de que haya un más allá y no tengo ninguna cosa clara.
Envidia, celos, rabietas; autocompasión... No he tenido desperdicio. Y lo he camuflado todo con ilusiones y entusiasmo. Eso es lo que los otros percibieron. Pero no soy el mejor en nada y eso basta para quitarse de en medio.
A quien confió en mí, Isa, le debo lo poco que he disfrutado. Los dos teníamos problemas. Y yo no supe estar a la altura de las circunstancias. Para zanjar ese asunto diré que lo que quedó por decir o por hacer -si quedó algo- está en manos del destino. Como todo a partir de ahora.
Pastillas, alcohol, indolencia y autodestrucción. Eso.
Escrito a 27 de diciembre de 2005.

0 comentarios:
Publicar un comentario
Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]
<< Inicio