3.7.05

Ese miedo... ¡tan inexplicable!

Incluso una escoba con falda era capaz de sacarme de mis casillas. Es lo que los entendidos llaman "gran deseo o capacidad sexual". Cualquier mujer era digna de ser amada. Cada representante del sexo débil era un mapa en el que había que parar veinticuatro horas como mínimo, sin salir a comer o pasear, sin derecho a dormir: solo navegar en la piel hasta perderse. Ninguna mujer quedó defraudada; pero a mí nunca me importó eso de "defraudar o no defraudar". Sólo pretendí dejar que el caballo negro del Fedro abrasase la desnudez de quienes lo quisieran para cabalgar. (No fueron muchas las que se expusieron, pero las que lo hicieron intentaron domar al caballo negro. ¡Qué ilusión!).
Hasta que un día surgió una respuesta. Mis instintos no paraban de desear; y nada podía satisfacerlos. Sólo la soledad y la imaginación habitaban mi cama de los sueños: una pareja mortal de necesidad. Entonces surgió una especie de entropía, una ley para la termodinámica de mis pasiones, una fría puñalada de la razón. ¿Por qué mover cielos y tierra para cubrir una desnudez? ¿Para qué tanto dolor y ansiedad por besar otro cuerpo? ¿Qué era tan inmenso como para provocar las más espeluznantes crisis románticas al no ser correspondido? La razón se disfrazó de cadáver amable y se humilló ante la voluntad. Hizo como que se rendía y se ofreció desnuda para que los instintos, la voluntad y los sentidos la vejaran. Obligó con sus artimañas a que la voluntad se saciara hasta quedarse sin sangre. El cuerpo exprimió todos sus fluidos; vomitó placer durante siete días y siete noches hasta que ninguna "perversión" quedó por ser imaginada. Y sucedió. Los deseos vieron claramente que era muy fácil ser satisfechos. Cada persona tenía un sexo: ¡millones de sexos en el mundo! La piel era algo común. Lo escaso era la imaginación capaz de modelarla. No eran cuerpos, ni amistades, ni piel lo que faltaba. ¡Todo lo contrario! Lo que sobraba era una febril y satánica imaginación para la que ningún cuerpo estaba preparado. ¡Esa era la explicación! Y fue necesario que la razón extenuase al deseo con el aburrimiento para que el cuerpo lograse comprender y para que la imaginación admitiese su derrota.
Ahora nada sorprende. Las luces se han apagado para siempre. Sobran cuerpos desnudos. ¿Quién podría estimular el más mínimo deseo? Es difícil imaginar que alguien pudiese llegar a seducir. Todo es lícito y cada cual tiene su sexo (o sus sexos). ¿Qué hay de admirable en eso? ¡Absolutamente nada! Y el alcohol no añade pasión; y los psicotrópicos no cambian el deseo; y una niebla de marihuana no sería capaz de añadir nada a la imaginación que atravesó todos los infiernos en soledad. Este águila ha volado tan alto en sus deseos que sólo puede residir en esta cima provisional donde su único nido es el vacío. Si alguien intentase acaraciar su cuello, posiblemente le haría pedazos. Pero este águila no será nunca así de despiadada. Nadie tiene la fuerza ni la imaginación suficientes como para acceder a esta cumbre. Y este águila no piensa descender nunca más. Al menos aquí arriba, entre el hielo y la nieve, mira hacia arriba, hacia los infiernos de la imaginación y sueña con que tal vez existan cuerpos capaz de soportar la llama de su deseo.

1 comentarios:

Anonymous Anónimo ha dicho...

Estimado anse:
Algún día los hielos de la soledad serán tan insoportables, que deberá mutar en águila bicéfala para hacerse compañía y contarse a sí mismo sus historias.
No obstante, si le sirve de algo, yo siempre estaré aquí para hacerle compañía. Al fin y al cabo, su cu(el)lo es mío.

julio 03, 2005 10:25 p. m.  

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