La atención al cliente
Cuando leo temas de empresa como "la atención al cliente", "fidelización", etc; tengo una rara impresión. Y recuerdo a Cortázar cuando explicaba cómo subir una escalera y cuando en Rayuela describía un beso. Me impresiona leer tochos en los que se dice que al cliente hay que tratarle bien, con cortesía, educación; amabilidad, credibilidad, fiabilidad; seguridad. Hay que mirarle a los ojos, sonreír, asentir, controlar los movimientos corporales. ¡Cielos! Hoy he tenido mil orgasmos sintiéndome cliente. Pero tal vez es todo teoría. Porque a los clientes se les trata igual, sin segmentaciones, sin tratos diferenciados, sin atender a sus expectativas. Las frases son siempre las mismas: "¿Qué servicio deseas?" "De acuerdo: son 60 euros". "Ponte cómodo". "¿Vamos al servicio?" "¿Quieres gemidos o en silencio?" (Esta última frase es de empresas de alto standing).Cada vez que leo esos sermones pienso en el sexo. Al fin y al cabo, la pareja es un cliente. En algunos casos la pareja desearía que la tratásemos aunque sólo fuese un poquito como a un cliente. El sexo y el amor tendrían que andar mucho camino para asimilar esa religión que es "la calidad de servicio". El amor debería ser una empresa. ¡Qué lástima que cayese en bancarrota hace milenios! Pero a cambio el capitalismo nos cedió la risa. Me gusta el cambio. [¿Recuerdan ustedes que en El nombre de la rosa todo se articula en torno a la desaparición de aquel capítulo de La Poética de Aristóteles en el que se hablaba de los beneficios de la risa? Los escolásticos sabían de las consecuencias de explotar la risa. Una de esas consecuencias es que hoy en día nada, absolutamente nada, está exento de mover a la risa y a la carcajada. ¿Lo dudan? Si es así aún son ustedes demasiado humanos.]

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