10.7.05

Polvo de papeles

Unos recogen los pedazos, otros las cenizas.
Kipling ya no dice yes con el if.
El sol derrite las prosopopeyas, los chivos no expían; los hábitos se vuelven blancos.
El primer rayo del sol es frío:

Ha llegado por carta
el guión a posteriori
de cifras positivas
con sentencia de diagnosis.
La tarde esquiva el presente y las hojas vuelan con el ventilador.
Los versos tienen veinte años y huelen a rayos.
El segundo rayo es frío.
La revista del corazón perdió una aurícula
y tres cavidades más de afecto
formaron un estanque de coágulos violeta
para quien quiera registrarlo en la comedia
y archivarlo.

La tarde es fuego para los labios resecos.
La mente calibra y elucubra con gusanos convertidos en serpientes.
Satán es un pobre diablo.
El tercer rayo alumbra huecos de sombra.
No seré mitad de nada.
Sólo quedo yo y lo sé,
me escapé de un mito antiguo
y declaro, afirmo ser
más real que el mismo Sócrates,
¡más feliz que hombre o mujer!
Me persiguen por perfecto,
por completo y por doquier;
pero esquivo como un símbolo
no me dejo conocer.
Soy el eslabón perdido
entre Dios y Lucifer,
soy el justo punto medio
entre dolor y placer.
Todo se reduce a cenizas de olvido.
Las paredes sangran y el petróleo brota del retrete.
La sangre es como el petróleo,
el petróleo es como el oro,
el oro huele a sol de tarde.
¡Mil rayos! ¡El diablo!
Su propuesta sabe a rayos.
Aún no es mediodía
puedes vender tu sombra o tu reflejo
o morir en el cruce de caminos
decidido por ti mientras te llevo;
indica sólo el precio
cerrando tu vida como un contrato,
traspasa el resquemor,
infiere tu destino,
cifra conmigo tu código de alma
o, si no, ve con Dios.
Del calor al frío solo hay un paso.
De aquí a tus ojos apenas unos fotones.
De tu mirada a la oscuridad, segundos.
¿Por qué continúas?
Un rayo llega de occidente:
Debes morir.
De ti, lo afirmo;
de mí, lo olvido.
Tener un árbol,
plantar un hijo,
escribir algo,
(llamarlo "libro"),
esos tres cargos
vuelven al simio
hombre muy apto
para estar vivo.
Yo no duraré mucho
como yo. Habrá partes
que tarden en cesar.
Yo no, que moriré
para gusto de alguno
y consuelo de tontos.
Incluso el sol necesita beber.
Incluso la luna arder.
El amor no es cosa de existir
ni la muerte cosa de dejar de hacerlo.
Por eso bailemos de norte a sur
y dancemos de este a oeste:
La esposa:
Cuba, barrica y tonel,
soy como me quiera él,
que es el que me ha de beber.
El esposo:
¡Maja!, no me guardes línea
delantera ni trasera,
que el amor es un deporte
y carece de fronteras.
La esposa:
Redoma, ánfora y pichel,
vasija me forjaré
para que sacie su sed.
El esposo:
Bebo en ti de barra libre
como si mi vida fuera
la que llenase tu barro
todo el tiempo que viviera.
Aún no oscureció.
Pero ya ha amanecido.
Atardece y enloquece
una araña de rayos que vomita
el esplendor del último fuego.
La vecina quiere ser mamá,
la vecina va a ser mamá,
pero mamá no quiere ser mamá.
Y un rayo da a luz:

Si te filmaron al salir
y has vuelto a filmar la salida
de otro como tú, desde dentro;
si has visto el túnel de la vida
como lo ve la sola cámara,
tal como es, no como te digan:
visceral, carnal y entrañable;
si has visto el huevo en la barriga
una y mil veces hasta el tedio,
superando incluso rutina;
háblame entonces del misterio
que enmudezca a la biología.
No es tan nauseabunda una estrella,
por ejemplo, que todos miran.
Y ahora un café.
Y ahora un bizcocho.
Y ahora un ayer.
Y ahora un divorcio.
Los rayos llegan hasta la noche:
Necesité oscuridad y aislar
la vieja luz del sol.
Las oraciones más sinceras, más sentidas,
-no sé si más irreflexivas-
las lloró la noche,
las alentó la niebla,
la tarde las despertó.
Lo demás es Necesidad.
En lo oscuro no hay palabras,
en lo oscuro solo el hombre con su nada,
lo oscuro es el final de casi todo.
¡Hágase la noche con sus tonos!

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