27.8.05

Cosas... vacíos... indolencias

[Antes que nada, veo que has velado por mí desde ahí arriba, chiquitinaja... Bueno, ya sabes que cada noche, cuando me retire al lago de los sueños, lo haré como si fuese a encontrarte de nuevo y para siempre.]

He salido como un autómata, con la plena decisión -plena de ausencia- de no llenar el vacío. Y entonces, otra vez, la sonrisa de la mujer del kiosco y su alabanza de mi sonrisa. Hoy ha sucedido algo "especial". Después de preguntar por unos suplementos y cuando me despedía, ella dijo sonriente: "De nada... Hasta mañana chiqu.." Iba a decir "chiqui". Dice "chiqui" a las personas a las que tiene gran afecto. A su marido siempre: "No, chiqui, mejor aquí, en estos expositores" "¡Venga, chiqui! Ahora te toca a ti ir a tomarte una caña, ya me quedo yo." Tanto ella como su marido alaban mi sonrisa. Ayer me decía: "Se nota que está usted de vacaciones. Ahora no se ilumina la mañana hasta las diez y media o las once. Ya sabe. Lo digo por su sonrisa. Nunca, nunca se ha levantado usted sin una sonrisa." "Debe haber mucha más gente que sonría", contesté. "¿A primera hora de la mañana? ¿Recién levantados? Nadie, se lo aseguro, nadie."
Me siento halagado de que mi sonrisa despierte en ella y en su marido una sonrisa. Por el contrario, en mis compañeros de trabajo despierta una absoluta inquina y desasosiego: "¿Cómo se puede venir a esta mierda así de sonriente? ¿Tienes un tic?" Esto lo dice el amargado de la planta. Sin embargo, otros compensan esa actitud: "¡Vaya! Algo bueno debe tener esto cuando siempre vienes tan feliz." Y sonríen.
Mientras, en el interior de la envoltura, un retrato envejece espantosamente y muestra toda la podredumbre que el tiempo ha ido depositando como en el cono de deyección de un glaciar. Como si por cada sonrisa lanzada a los demás una pústula de vacío manchase el lienzo del alma.
En medio, víctima de esas fuerzas que ascienden y descienden, yo, el yo, esa varita que quiere inflarse con lo que sea cuando la voluntad se inflama. Pero la varita se extingue poco a poco con el Voltarén "one million" del vacío: el mejor, sin duda, de los antiinflamatorios.
Hoy, al despertar, esa varita se imaginaba tan ancha como el planeta. Se sentía henchida de gracia por que una melodía navegase hasta un corazón amigo y querido. Pero el plumífero de Poe graznaba sobre las rosas que florecían: "Never more... never more... never more..." Y yo me digo: "Querido grajo, ¿por qué no te calzas un Voltarén de forma cónica u ovoide por donde yo me sé y me dejas ilusionarme un poco? Creo que tienes demasiado inflamado el pesimismo". El grajo me mira, piensa, guarda unos segundos de silencio y... "Never more... never more... never more". ¡En fin! Cada grajo con su tema.

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