26.8.05

Cuéntame un cuento, Satán.

Érase una vez un rey que decidió contraer matrimonio.
-Me casaré, dijo, con aquella doncella que sepa cantar el aria de La doble vida de Verónica.
En esto apareció Touches, el bufón.
-Majestad, ¿he oído bien? ¿Por fin habéis decidido casaros?

-Pero sólo con aquella doncella capaz de cantar ese aria.

-Majestad, con el debido respeto y sin la debida prudencia que me aconseja conservar la cabeza sobre los hombros. ¿No creéis que es difícil, si no imposible, conseguir tal cosa?

-Daos cuenta, bufón, de que la que supere la prueba será reina. Además, mi reino cuenta con las mejores voces del mundo.

-Mi señor, yo no pongo en duda que exista voz de tal magnificencia. Yo cuestiono que exista doncellería alguna, majestad.

-Sois mal pensado, bufón, muy mal pensado. Pero sé que sois de ese talante sarcástico y mordaz. Por eso estáis a mi servicio.

-No obstante, coronada alteza, no es eso lo que me llama la atención, sino otras cosas que no sé si permitiréis que os comente.

-Habla, Touches. Tienes licencia para brincar con tu palabra.

-¡Gracias, coronada majestad! Me pregunto si, de existir tal doncella capaz de entonar tal aria, seríais feliz en vuestro matrimonio. La doncellez y el bel canto no suponen... felicidad... Es sólo una opinión de bufón, mi señor.

-Pero reconoced, chocarrero palaciego, que doncellez y voz pura por fuerza han de conllevar belleza en cuerpo y alma. No caben tales atributos en mala persona.

-Alteza, con el debido respeblablá, la belleza y la bondad en nuestro mundo no suelen ir de la mano. Más bien suelen ir de dientes. Pero, ¡sea! Supongamos que la voz cristalina y pura modulada en tales vericuetos armónicos fuese garantía de todo lo demás. (No hablo de doncellez, majestad, porque desde el primer día os juré ser fiel a mis convicciones... Y de pocas cosas estoy tan convencido como de la ausencia de tal animal mitológico. De todas formas, la doncellez no es cosa de virtud, sino de naturaleza.)... Pues bien, aun suponiendo esto, hay algo que suscita mi curiosidad.

-Y, ¿qué es ello, payasete Touches?

-Imaginad que sois casado con mujer de pura voz, de pura belleza y de moderada bondad. ¿Os bastaría eso?

-¡Y a quien no! Muchos vivirían mil vidas a la busca de tal diamante.

-¡Oh, Majestad de coronada testa! Os veo entusiasmado. Pero, ¡veréis! Resulta que tengo un cachorro... Por cierto, no os lo he presentado, se llama Viesen...

-Un momento, Touches. ¿Animales en mi palacio? Te consentí a ti y a nadie más. ¿Qué bichos me traes ahora?

-Majestad, sabed que Viesen (apócope de Vieja Sensación) sería mejor servidor de vos que yo. Así pues, si habéis de elegir entre un bufón y un cachorro para aconsejaros, decapitadme y dejad vivo en mi lugar a Viesen. Os aseguro que nadie será más escéptico y velará más por vuestra dignidad que él.

-¡Venga, venga! No te pongas dramático. Sea. ¡A ver! ¿Qué dijo Viesen?

-Gracias, mi rey. Pues resulta que anoche Viesen -un tanto profeta- me dijo que era probable que vos, hastiado de tanta soledad y silencio, decidierais cometer matrimonio. Entonces me dijo lo siguiente: "¿Qué estima más el rey? ¿La libertad que se confunde con la veleidad y el capricho o la fidelidad que lo entrega todo?" No entendí muy bien qué quería decir. Pero ahora que habéis lanzado vuestro edicto, os traslado la pregunta.

-Touches, no dudéis que de decapitar a alguien, decapitaría a Viesen. Pero, antes de responder yo, ¿qué respondes tú, bufón?

-Mmm... Un canto, una belleza y una bondad que sirven a todos, sin distinción; y que proclama bajo el estandarte de una, en mi opinión, equívoca "libertad" la plena entrega al mundo... os hace... prescindible, alteza. Muy prescindible. Tan prescindible como la fidelidad, la cual deja en el acto de ser un valor, para convertirse en una costumbre reaccionaria. (Comprended que es Viesen quien habla, no yo).
-Touches, ¿podemos hablar en plata?
-No tenéis que pedirme permiso. Por mí, incluso en barro. La palabra es barro, mi señor.
-Pues bien, bufón, sumerjámonos en el lodo. ¿Dudáis de la fidelidad y la entrega en mis súbditos? ¿Hasta este punto hemos llegado en que ningún afecto tiene garantías de permanencia?
-Señor, somos retales de impresiones. Nadie es capaz de ser fiel ni a sí mismo. ¿Cómo exigir esto para con alguien que, tras los vientos ácidos de la convivencia, no verá en el otro más que el zoco de la rutina? Sólo un lienzo puede mantener la belleza de las hadas; pero el corazón del pintor se pudre irremediablemente.
-Touches, creo que tomaré a Viesen como animal de compañía. Me temo que es el mejor amigo del hombre. Tráeme a tu perro.
-¡Oh! No es un cánido, señor. Es un cachorro de dragón y no podría dároslo. Entendedme: no cuadra con valores de rey, sino con las convicciones de esta escoria que os habla.
-Touches, en lo sucesivo, ven a mi presencia cuando te lo solicite. Ahora llama a mi senescal y que me traiga una botella de ginebra. ¡Ah! Y al boticario... Una caja de los somníferos que él ya sabe.
-De acuerdo, alteza.
(Una vez fuera de palacio, dirigiéndose a Viesen)
-Fiu... fiu... ¡Hola, guapo! ¿Sabes? Le he hablado al rey de lo que me dijiste anoche. ¿Y sabes una cosa? Creo que dentro de poco se instaura la república. Me da a mí que vemos al rey pendiendo de un árbol en menos de quince días.
-Arf... arf....arf... Auuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu.

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