26.8.05

Dulces sueños

Pesadillas. Todos los caminos cambiaban a cada instante. Mirando al suelo, al elevar la mirada todo era distinto. Y me encontré en un camino sin salida, rodeado de setos bajo los cuales estaba el vacío. A pocos metros gritos de gente que se divertía en una playa. Pero yo no podía comunicar con nadie. Era el final.
Y siempre las mismas calles, rodeadas, pisadas hasta la saciedad intentando encontrar la calle; pero no es posible. Los túneles del metro se convierten en la alternativa para viajar más rápido. Pero no hay metro, sino corrientes de agua que te transportan rápidamente a no sé dónde. Detrás de mí o delante de mí un amigo de la infancia. Y pasamos por galerías y galerías hasta desembocar en los vestuarios inmensos y vacíos de lo que parece ser un enorme hospital para enfermos terminales.
Y ascensores que nunca paran en la planta deseada. No quieres que paren en ninguna otra planta, no quieres ver qué hay en cada planta; pero lo ves, lo acabas viendo. Aunque no hay grandes sorpresas. Pero ese momento en que las puertas se abren en la planta que no has pulsado es terrorífico... y no puedes salir del sueño.
Y paseando por una calle que conozco encuentro a viejos conocidos. Uno de ellos murió hace tiempo, pero conserva su genio. Todos siguen un plan; yo me separo. En todas partes se comenta que ha sucedido una tragedia y habrá una concentración por las víctimas. Logro hacerme con un objeto conmemorativo: no sé qué es, es como un colador, como un cazamariposas negro... y he de correr y correr para que esa bóveda de red se infle y haga honor a las víctimas.
Una profesora nos hace leer cosas; pero cuando llega el turno de mi amigo de la infancia y el mío nos arrebata el cuadernillo y vuelve a pasarlo a los demás. Nos dice que nos conoce muy bien y que no tiene sentido que leamos eso, que cambiaremos su sentido. Entonces salgo a la calle. Se avecina una tormenta. Me pongo los auriculares y camino. La música es preciosa. Debo quitarme los auriculares porque veo gesticular a una compañera de trabajo. La veo sonreír y escucho lo que dice. Solo quiere saludarme, ve que tengo prisa y no me molesta. Ya no puedo volver a ponerme los auriculares, las calles vuelven a cambiar de posición y yo vuelvo a estar en un laberinto.
El final.

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