25.8.05

Hoy he vuelto a padecer la vieja sensación.

Hay una vieja sensación que nunca me va a abandonar. Cuando creo que no está y que "he crecido" lo suficiente como para contrarrestarla, vuelve. Admito esa sensación dañina y caótica. Forma parte de mí y de mi personalidad. Sólo quien la viva y la sienta puede juzgar con conocimiento de causa. Ese haz de impresiones que yo soy, esa resultante de fuerzas en apariencia compleja, se justifica desde mi vieja sensación.
Soy capaz de una gran ternura, aunque se me niegue el manifestarla. Soy capaz de un gran cariño, aunque su expresión haya de permanecer en silencio. Me enamoro fácilmente, deseo con intensidad; amo la vida, vibro con la presencia de alguien a mi lado: una sonrisa, un beso, una caricia, una palabra amable sacan lo mejor de mí. Y lo mejor de mí agrada a los otros. Soy feliz y son felices. Amo y aman. Deseo y desean. Entonces, ¿por qué esta permanente retirada de los afectos y esta huida? Es muy sencillo: por esta vieja sensación que hace unos minutos se ha anunciado en la boca de mi estómago.
Es triste reconocer que sólo la ira, pensar mal, desconfiar; hallar lo vulnerable y necio del otro, encontrar su lado "humano" es lo único que calma el hambre de esta triste y lamentable sensación. Es tan intensa como su opuesta: la sensación grata de comprobar que hay ángeles pululando por ahí que quizás me habrían acogido bajo sus alas. Ángeles que mi vieja sensación ha desechado... Porque en la balanza de la felicidad hay un platillo con lo que gratifica y otro con lo que desasosiega; lo primero es efímero, lo segundo nunca te abandona.
Y ahora, con este nudo en el estómago, con esta amarga impotencia he de coger una de esas identidades que me salvan. No es una máscara, sino un aspecto que me ayude a seguir aquí, entre la grisura de lo moribundo. Porque nadie es capaz de amar por mucho tiempo. Absolutamente nadie. Si hubiese estado convencido de eso mínimamente, hubiese arriesgado una y mil veces. Pero cada vez que quieres a alguien y todo uno se estremece, algo dentro pide todo y para siempre, mientras una fría lucidez -a la que sirve mi vieja sensación- apunta con su garra y señala que sólo se ofrece algo y por poco tiempo.
Así pues me refugiaré dentro de mí, en el salón de las máscaras, y contaré a todas ellas que la vieja sensación ha vuelto a hacer acto de presencia. Ésta será una noche lúgubre, lo sé; pero no me voy a evadir de ningún modo. Quiero que surja de una vez por todas una resultante que acabe con eso que ha echado a perder mi vida. Aunque esto no será posible, lo sé; porque entre esas máscaras están aquellos que comprendieron que las palabras bellas, los gestos amables, los besos a la luz de la luna... todo lo que mueve el corazón... no hace más que preparar el gran infarto.
Mendigos, parias, apátridas; rebeldes, conjurados, proscritos; marcados, ocultos, oscuros y prohibidos; caídos... ¿Quién sabe? Es posible que ellos hubiesen sentido esta misma vieja sensación en la boca del estómago. Por eso buscaron la fidelidad en el único sitio donde se puede y debe mantener: en las tinieblas.

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