11.9.05

Gemidos alisios

Cuenta sólo este presente y estas piedras.
Es esta tarde noche la que te da una fuerza y te abre caminos que la mañana no consiente.
Los herederos del instante viven y perecen en el instante.
La impaciencia es inevitable, porque es difícil reconocer el momento, la ocasión y el instante.
Y respeto a Saturno y reconozco mi impotencia.
Hay una cuesta que es repecho y declive; subida y bajada.
Las voces de los demás son de los demás.
Quien no mira atrás puede seguir viviendo; lo demás es servidumbre a la nostalgia o a la impotencia.
Hay una noche que llaman la del cuentacuentos.
Hay una noche de números que ríen y se desplazan.
Hay una noche de ecos en que los cadáveres de quienes fueron condenados a muerte y ejecutados dan la mano a un niño entre sueños y le hacen ver cómo fueron ajusticiados.
Hay una noche en la que poder introducir la mano en la boca del león y sacar una serpiente y dormir con ella, mi chiquitina, y besarla como a los pezones de una madre muerta.
Hay una noche en que la luna no es escudo y las conchas sufren naúseas por haber convertido en su crisol la semilla en palabra de sebo.
Hay una noche en que los ahorcados protegen a su descendencia y en que su nombre es legión y en que el gran volcán de la sangre devora a los que tienen algo que perder.
Hay una noche de sarcasmos redimidos, formalizados, convertidos en axiomas de suicidio; y aquél que los toca con la vista se convierte en una bella durmiente afectada de Sida e histeria.
Hay una noche en que decir "no" es la clave, la contraseña, el pasaporte para no ser pasado a cuchillo por la mano siniestra del padre que, envenenado temporalmente, decide degollar a todos sus hijos y llamarles Isaac y matar a los ángeles del Señor -ese siervo inmundo-.
Hay una noche en que las madres lo son de inocentes, y los inocentes lo son porque Herodes dejó descendientes verdaderamente poderosos y macabros y lúgubres y extáticos.
Hay una noche en que las placentas son sacos de dormir para las vergas de los fieles que creen en la comunión de los santos de la blanca y pútrida felicidad.
Hay una noche en la que los maestros del dolor enseñan que los padres no son señores de horca y cuchillo y que el respeto a las leyes, a la religión, a la palabra dada y a los ancianos es suficiente señal para ser llevado al paredón por ingenuo.
Hay una noche para el martillo sobre el cráneo de cada miembro de la familia, el miembro del padre, el miembro del tío, el miembro del hermano, el miembro del primo, el miembro del sobrino, el miembro del hijo; miembros descoyuntados y amputados y carne de perros.
Hay una noche en que escupir a los sementales de enciclopedia y a las madres de manual y a los sementeros de conceptos y a los semilleros de sueños -esperma nacido de vesículas de cobras-.
Hay una noche, ésta, esta noche bendita y siniestra, para degollar a los ancianos y estrenar la afilada hoja de las prevenciones que nos dieron en dote seccionando sus cuellos de estraza y cáñamo.
Hay una noche de fines hechos principios para acabar con los benditos burgueses mediocres que se ahogan en una gota de su colirio para cocodrilos de salón -puretas que alientan hastío y repugnancia-.
Hay una noche para los que se refugian en el día y en su trabajo y en sus mentiras hechas sueño y descendencia; una noche de cristales que cercenarán sus ojos y sus párpados caídos en una aburrida pose de vacuna autocomplacencia.
Hay una noche para esos orangutanes asexuados que profesan orgullo mientras ventosean su vanagloria y propician una carcajada de muerte.
Hay una noche para el adiós al pasado, para un SÍ al presente y para un gargajo sagrado contra el acerado muro del futuro.
Hay una noche para ser oscuro y vestido de negro romper los hechizos de blancas voces que son sirenas que ululan ponzoñosas a la esperanza -esa puta de bajo precio y nulo rendimiento-.
Hay una noche, ésta, solo esta noche para de un fogonazo caer reventado por el disparo de los otros, de los demás, de todos, de absolutamente todos; pero caer rodeado de ellos y con la argolla en la mano, la argolla de las mil granadas que abrigan el polvo de ceniza que mañana nadie recordará. Pero ellos también quedarán hechos ceniza, de estiércol depravado, pero ceniza.
Hay esta noche orín suficiente para oxidar las neuronas de todos los navegantes del orbe con un Alzheimer compacto que les devuelva al útero de todas las maledicencias que fomentaron impunemente y por el mero afán de divertir sus artríticos dedos de barro.
Hay una noche que es arruga, devocionario de fémures arrancados, telos de invectivas que ya no hacen temblar ni a uno de los mil millones de gusanos que devoran hasta la osamenta del cadáver que reposa en guerra con sus muertos.
Y hay una madrugada en la que todos duermen y el viento esparce los restos del estío y los recuerdos buenos-malos-horribles-sueños dorados levantando un tornado que te hace sentir humillado y ofendido, ¡tan impotente para sacar el espejo que le muestre a los cascajos la nada que son y el mundo que no han sido y la boca siniestra que ha de devorar sus inestables frutos!
Y hay una madrugada que es mujer de ojos enrojecidos, greñas, restos de vómito en los labios y un dolor de espalda que aventura un largo final de desvelos, traiciones y fracasos tan fríos como la exactitud estadística de que sobrevendrán cuando todo parezca resignación y olvido.
Y la madrugada, encendida por el desprecio de quienes daban el mundo ocultando una vieja mentira vieja tras sonrisas de mono viejo, comenzará a enfriarse desde este punto y hora para responder aséptica algún día a la broma de los que en una u otra jaula no hacen más que exhibir la seda sobre despojos de chimpancés momificados y resecos.
Hay una madrugada como ésta para hermanar compasiones y resentimientos en un silencio que los conserve sin olvido para ser servidos como hijos despedazados a la mesa de quien los engendró.
Y hay una madrugada en la que el ángel exterminador se ha despertado y busca sólo a los primogénitos para que las esperanzas muestren su falsedad; y el ángel se hace pico, crack, choque, violencia o desengaño sin consuelo para que las madres quemen vestidos sobre una hoguera que solo se extinga con sus lágrimas. Y en las casas de quienes sirvieron al flamígero dólar se decuplicarán las inversiones y el oro cubrirá el hueco de heredades desiertas y de torres derribadas y de vidas cercenadas en la flor del cactus del vacío.
Hay una madrugada que impone su silencio, zona cero, señal, inmenso cementerio y útero del infierno que indica el lugar de un amanecer para los desheredados de la tierra.

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