12.9.05

La sangre en la cabeza

Comentaban en la madrugada en Hablar por hablar que en un pueblo de España hay una costumbre: el mejor del pueblo es aquél que logra capar a un toro que sueltan y colgar sus genitales en una lanza. Ése es el rey de la fiesta. Después de que llamara el que denunció esta costumbre, llamó una señora de ese pueblo y dijo que es una costumbre de más de quinientos años y que sólo por eso merece ser mantenida y respetada; porque se sienten herederos de sus ancestros y esa es toda una seña de identidad.
Un político del siglo pasado hizo el siguiente comentario:
"Jamás he bebido alcohol, ni he fumado. Y hay algo de lo que me precio: ¡Nadie, absolutamente nadie en mi presencia, ha osado maltratar ni siquiera hablar mal jamás de un animal!... Ellos nos ofrecen el modelo a seguir en nuestra conducta. Los monos, por ejemplo, impiden que invadan su territorio a golpes, sin clemencia. Si lo hacen ellos, ¿cómo no lo íbamos a hacer nosotros, sus herederos? Yo he seguido su ejemplo para dominar el mundo."
Imagino a ese político presidiendo la fiesta de ese pueblo y su reacción cuando mutilaran al toro. Lo imagino y al imaginar las consecuencias... me voy a la cama levitando.

1 comentarios:

Anonymous Anónimo ha dicho...

Si ese "político" es quien imagino, hasta yo me pondría una venda para no ver las consecuencias de mi castración.

septiembre 13, 2005 3:45 a. m.  

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