28.10.05

Dulces días grises

Desde pequeño me gustaron los días grises. La Gran Ramera, sin embargo, gustaba de la luz y del cigarreo bajo el sol y de las barbacoas bajo la luna -polvo incluido con viandantes cibernéticos de poca monta-. Pero la gratuidad de un alma puta en esencia se debe a cualquiera, por baboso y sin carácter que sea. Y la luz termina por extinguirse y llegan días grises, pocos -pero algunos-, incluso para el felpudo rastrero que debe secar las suelas de los camioneros de cama barata.
Y una parte de los días grises es el recuerdo de una vagabunda llena de mala hostia, sentada en el peldaño del soportal con un bote de cerveza antes de convertirse en reptil. Y evocar esto no suscita enojo ni me enrabieta con aquel despojo de la naturaleza; todo lo contrario. Me hace ver la lluvia como una gracia que limpia de inmundicia las cosas.

1 comentarios:

Anonymous Anónimo ha dicho...

Me gusta ponerle buena cara a los días grises.

octubre 28, 2005 10:27 a. m.  

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