Ojalá pudieras leer esto, Sísifo.
El tono es ya distinto en las personas que conocí después de la última vez que tú y yo hablamos por teléfono. No recuerdo cuándo fue.
Hago memoria. ¿Recuerdas tú con qué nick me conociste? Es posible que fuera Proteo o Lawrence. ¡Cuánto ha llovido desde entonces! ¡Y qué poco ha llovido! Creo que alcancé mi akmé cuando se mantuvieron los diálogos entre Proteo y Sísifo o entre Lawrence y Faetón. Después todo fue decadencia. Te hablo, pues, tres años después de mi akmé.
La progeria del aburrimiento lo ha podrido todo. El limbo de nuestros encuentros está a una distancia infinita. Sólo quedan tus efectos de "apisonadora". A veces pienso que no fuiste real. De verdad que lo siento así. Aquellas madrugadas eran encuentros en un punto ajeno a todo, donde todas las ideas se condensaban. Cuando escuché tu voz me convencí de que no eras irreal. Pero el hecho de que nunca nos conociésemos te convirtió definitivamente en un ser demasiado superior.
Si de alguien aprendí los límites de mi persona y de mi intelecto, fue de ti. Sabes que contigo nunca exageré y que me mostré tal cual soy. No hubiera podido engañarte nunca. Me diste una gran lección de modestia. Yo iba con mi Nietzsche de universidad, con mis cuatro conceptos de carrera; con mi centenar de libros leídos que mostraba como si hubiesen sido un millar. Y tú callabas, pero te sentías tremendamente bien conmigo. Te gustaba escucharme. Sé que sentías que alguien similar te hablaba y, a veces, te escuchaba. Entendías que yo necesitaba hablar y hablar. Y cuando había genuina amistad entre nosotros, te mostraste en tu esplendor. Si lo hubieses hecho antes me hubiese intimidado. Pero, como en todo, tenías la palabra exacta en el momento exacto. Por eso, cuando me mostraste tus conocimientos no me apabullaste, sino que me instruiste. No sentí temor, sino que quería más. Pero también necesitaba otra cosa, lo que tú sabías que acabaría distanciándonos, el "más de lo mismo", la piel que todos necesitan. Y así fue. Cambié las ideas por un puñado de piel y pocas dosis de convivencia.
Y ahora que vuelvo al punto de retorno, tres años más viejo pero una eternidad más perdido y vacío, necesito agradecer. Necesito mostrar de algún modo mi agradecimiento o mi testimonio a la mujer que me enseñó lo que es compartir, participar y disfrutar por el mero hecho de hacerlo. Conocí amigos durante y después de la carrera, gente que a sí misma se denominaba "élite intelectual" y que me metían en su saco. ¡Me río al pensar qué cara hubiesen puesto al ver que una mujer como tú les aventajaba a todos en ese juego de intelectualidad que gustábamos usufructuar como tontos!
¡Y qué simple fue tu ofrecimiento! Cuando lo hiciste se encendió mi vanidad y me dije: "Voy a mostrar todo lo que sé". Pero fuiste tú la que me hizo sentir una lectura por encima de todo orgullo intelectual. No olvido la frase que dijiste cuando te respondí que no había leído cierta obra. "Mar, ¿quieres que vivamos Rayuela?" Ese fue el comienzo. Aún mantengo que el mismo Cortázar no sabía ni sentía tanto esa historia como tú. Y mantengo que el mismo Nietzsche, con todo lo que la admiraba, no vivió su lírica como tú eras capaz de hacerla vivir marcando distancias. Si lamento no haber aprendido alemán, es para entender cómo recitabas el Zaratustra en ese idioma. Pero me queda Rayuela.
Siempre fuiste de bebidas ligeras y colores claros. Yo, en eso también acertaste, había sido pintado con colores oscuros y con densas melodías. "Tal vez vivir en el centro hace que todo gravite hacia uno. Por eso vivir en una isla tiene otro sol, otro ritmo y otro mar."
Tú diste la vuelta al día en ochenta mundos; yo ni siquiera he salido de casa. Por eso me sorprendió que yo pudiera aportarte algo. Y cuando a veces releo conversaciones, mensajes, dedicatorias... No puedo dejar de sentirme la persona más orgullosa y privilegiada del mundo. Si tú viste eso en mí, algo debía de tener. Por una vez tuve verdadera autoestima. Y fue esa autoestima la que me permitió salir en busca de... más de lo mismo, piel, tacto, caricias. Y he visto que por un año de caricias, perdí toda mi vida. Tú me mostrabas que mi lugar era el intelecto; pero que debía perfeccionarlo hasta morar en el Olimpo. Y yo no escuché la llamada. Mejor dicho, mis sentidos no quisieron escucharla. Vendí mi alma por un plato de lentejas del que todos comieron antes que yo y del que todos seguirán aún comiendo.
Nunca me alejaste de la realidad; pero me educabas como a uno de tus niños para que primero viese dónde estaba. "Es mejor caer desde un columpio que desde una nube". De los cientos y cientos de niños que pasaron por tus manos yo fui el más tonto y el más necesitado. Y estabas dispuesta a todo... pero yo necesitaba el más de lo mismo.
Y dos años después, cuando nuestro encuentro hubiese sido posible, cuando la piel ya había mostrado que no es más que una arruga en potencia en cada cuerpo; decidí apostar -siempre me ha pasado lo mismo, lo sabes- por gente nueva que me admirase. Y como siempre, aposté mal. O aposté a la opción equivocada. Pero para los inconformistas, cualquier opción está equivocada. Me refugié en lo más trivial para volverme el más tonto de los niños.
Y he vuelto al punto de retorno. Los dos sabíamos que había que evitar a todo costa, incluso con engaños, el "todo prometía, todo desilusionaba". Pero los dos sabíamos que en mí era inevitable.
Pero me queda el remanso de que Rayuela y El Cuarteto de Alejandría nos unieron más que nada me pueda unir a nadie. La prueba es que solo me queda ese recuerdo en este punto y en esta hora.
Dondequiera que estés, ¡sé feliz, Sísifo!
Mar otoñal

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