1.12.05

Aullido

En ocasiones se ha de luchar contra uno mismo.
En instantes determinados, sin saber por qué, esos diferentes "yo" que llevamos dentro se muestran. Y cuando esos instantes cada vez son más frecuentes, la cosa se complica.
Lo más cómodo es mantener una actitud lo más uniforme posible para evitar sobresaltos. Pero en algunas personas esto no es así, no puede ser así. Entonces hablamos del buen Próspero o del mal Próspero; o del Próspero melancólico y del Próspero alegre. En Próspero se mezclan la certeza y la duda, la confianza y la suspicacia, el cariño y el desprecio; la promesa y la desilusión, el deseo de salir y la autocondena de estar dentro.
En la gente normal predomina uno de los términos de cada pareja durante más o menos tiempo y a eso se le llama personalidad. Pero cuando los términos fluctúan asiduamente comienzan los trastornos. Sonríes por teléfono a quien minutos después de colgar consideras que se burla de ti; y pasado un rato ese interlocutor es la persona más maravillosa, para acabar convirtiéndose cuando te retiras al dormitorio en alguien que ha ideado una trama para convertirte en un miserable payaso. Esto refleja eso: trastornos de personalidad, falta de confianza en uno mismo, inseguridad... Si no puedes contenerlo y se te va de las manos: esquizofrenia o paranoia. No obstante, lo más peligroso, lo que más amenaza con desembocar en la locura es que uno se vuelva capaz de conseguir fundamentos nada peregrinos para confirmar esa bipolaridad. Así pasas del "estoy como una cabra" -dicho con una sonrisa en tu cara- al "yo no estoy loco" -expresado con una mirada cargada de temor y de odio-.
Quisiera decir que estoy como una cabra con una sonrisa en la cara y divertirme con otros y jugar, jugar como un niño aunque todo me empuje a dejar de ser un niño. Antes podía hacerlo o, ¡no!, mejor dicho: yo era de modo natural así. Hasta hace poco yo me creía así, huraño en ocasiones; pero cuando llamaban a mi puerta reaccionaba como un perrillo del que por fin se acuerdan y que desea saltar y hacer reír con sus chaladuras a aquellos a quienes quiere. Y yo quería a todos, porque nadie tenía una poderosa razón para ser odiado y, mucho menos, despreciado. ¡Qué digo! No me importaban las razones, porque todo lo veía con el corazón.
Pero ahora el perrillo descubre a un doberman que quiere devorarlo. Lo descubre dentro de él y le muestra que solo lo buscan para unas caricias, para unos juegos, para saber que está ahí si las cosas van mal. Y ese doberman me ruge y me amenaza para que deje de ser niño y vea "la verdad". Para ese doberman los demás no son amos, sino fieras que quieren invadir su territorio y tomarlo por un perrillo. Ese doberman ya no parece un perro, sino un monstruo. Pero son las decepciones y el entrenamiento a base de carencias lo que lo ha vuelto así. No es esa su naturaleza. Simplemente, lo han amaestrado y, obediente, actúa tal y como lo han amaestrado.
En momentos en que permaneces atado y con el bozal del solitario silencio en la boca o en las fauces te puebla una legión de ángeles y demonios. Luchan en ti hasta que no sabes cómo obrar ni cómo proceder. Y ya no te basta un "vive el presente", "te quieren de verdad", "nadie te desprecia", "eres tú quien te agredes". Cuando se vive esa lucha, porque no puedes luchar para vivir, sino que eres vivido por fantasmas; entonces ha comenzado el declive. Y el día menos pensado podrías llegar a morder la mano que aún te quiere y que te da de comer con su cariño. Y cuando hiciese eso, el perro -rabioso contra su voluntad y ante el amo que lo contempla con dolor y afecto- debería ser sacrificado.
Madrid, 1 de diciembre de 2005.


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