6.12.05

Comentario surgido de algo escuchado en la radio.

Cuando en Lógica un problema se resiste a ser resuelto se utiliza un método denominado "reducción al absurdo". Nuestro profesor, "irónico sangriento" -así le denominábamos algunos-, lo desaconsejaba plenamente si nuestra intención era eso que llaman "aprobar". La reducción al absurdo había de ser usada en casos excepcionales. Y, como él decía en círculos privados, sólo debían usarla las mujeres, dado el handicap de su género.
El caso es que en eso que llaman "afectos", "rupturas", "amores y cicatrices varias" ha de utilizarse tal método. Y los resultados son increíbles. Basta que a quien se queja o lamenta "de amores" se le ponga en el cadalso de la reducción al absurdo. Donde antes había una ninfa o una doncella o una princesa o una amante de callejón sin salida surge una fuente de sapos, culebras y demás improperios. Basta decir "¿Pero tú crees en esas estupideces y piensas que de veras has sufrido? ¿O estás jugando al desvarío ocioso y patético de la poesía?". Hay otros modos de negación y reducción al absurdo: "Tú no trabajas mucho, ¿verdad?" "No tienes muchas responsabilidades, ¿eh? ¡Se nota, se nota!" "¿Has mirado a tu alrededor alguna vez? ¿O eres una gigantesca práctica solitaria que se extiende desde la fecha de nacimiento hasta un día indeterminado de tu existencia?" Estos métodos son quizás demasiado elaborados. Pero de usar alguno, hay que usar alguno con estilo. Nuestro profesor jamás hubiese aceptado los métodos tópicos de reducción al absurdo. ¡Un catedrático de Lógica tiene su pundonor! Por eso jamás debíamos usar los típicos: "Niña, ponte a trabajar y piensa en los demás, ¡coño!" "Oye, bonita, búscate la vida como todos y no pienses que eres especial." "¿Te crees que te han traído al mundo para papar moscas? ¡Pues qué equivocada estás!" Esas reducciones al absurdo eran demasiado baratas, aunque eficaces. Y de todas las que escuché, la más inclemente e implacable fue: "No hay nada como tener hijos para matar el amor".
"El ego se infla en algunas más que sus pechos. Cuando eso sucede lo mejor es dejarlas para septiembre y preparar el reclinatorio para cuando vengan a suplicar." No hay que tomar a mal estas ironías del "sangriento". Los que le conocieron sabían cuánto asco había tenido que mamar en su existencia. Y había sublimado del modo más exquisito, depurando todos los avatares con la más fina e implacable ironía. Cuando otros catedráticos intentaban desarmarle, nosotros quedábamos expectantes. Sólo el catedrático de Metafísica (mi preferido, sin duda) era capaz de hacerle frente con una ironía de mucha más finura aún si cabía. Ambos se respetaban y procuraban no hablar uno a espaldas del otro, salvo para provocar chascarrillos en los alumnos. Recuerdo un día que nevó en el campus. Todos salimos a tirarnos bolas de nieve. El "sangriento" dijo a A. G.: "Supongo que usted se estará cuestionando si esta nieve es una impresión o si realmente existe. Y estará revisando los registros fenomenológicos de su conciencia para aplicarlos a tan insigne evento. ¿No es cierto?". A lo que A. G. respondió: "¡Oh, no! Sólo estaba constatando que "La nieve es blanca" si y solo si La nieve es blanca, estimado colega. Porque todo es lenguaje y la nieve es fría si la morfosintaxis y la semántica así lo proclaman. ¿No es lógico, pequeña excelencia?"
Luego estaban los de Derecho y los de Económicas para los que la nevada se resumía en un "Puta mierda de día".

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