3.12.05

Dalas

No quiero que me quiten este magnífico sol de la tarde que entra por la ventana de un salón que en breve tendré que abandonar.
El dinero lo ha podrido todo. Jamás pensé que hubiese que luchar por un rayo de sol a través de una ventana.
Desde pequeño he vivido en un sótano en el que jamás entró la luz. No reniego de ello ni renegaré jamás. Sé que es un privilegio de burgueses este sol con garantías de permanencia. Para gozar de él hay que hipotecarse y firmar documentos que te comprometan hasta la muerte con una soldada. Pero yo no participaré de ese juego. Me gustará ver a los burgueses en su círculo cuando visite el infierno. Sé que yo estaré en otro círculo, pero no en el suyo.
Y también sé que ellos nunca sabrán apreciar un rayo de sol, porque se imaginan que no lo perderán, porque llevan grasa de cerdo en la guantera. Es como si para ellos el sol debiera entrar por su ventana.
Cuando pienso en esto, recuerdo los Evangelios. Son muchos los llamados y pocos los elegidos.
Veo la inmundicia de los burócratas, de los administradores, de los leguleyos; de los recaudadores, de los que se afanan por el más y más para la seguridad de los suyos (como si los suyos estuviesen así exentos del absurdo de la muerte). A esos jamás les concedería ni un segundo de olvido; les dotaría de la razón más elevada y de la lógica más implacable. Procuraría que vieran cómo han empleado su vida en nada y para nada; y cómo la naturaleza se saciará con los cadáveres de su heredad. Porque hay una justicia natural. Porque no se puede hacer tanto daño a los otros, sin que el arma tenga un retroceso o sin la fuerza de reacción.
Por eso no me enamoraré de este sol que entra por la ventana, ni lo disfrutaré. Porque sé que hay que pagarlo con úlceras, con frustraciones, asfixiando la vida. Y después de que escriba esto bajaré la persiana de ese hermoso sol divino que me regocija el alma, para extender en la red un mensaje que parta la vida de los que nos recaudan el aliento. Y por cada buitre enfermo o muerto, brindaré con absenta. Las necrológicas son los auténticos papeles de la esperanza.

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