Decíamos ayer...
Ha pasado un mes desde la última vez que escribí en este diario. Ha sido un tiempo de silencio necesario para que muchas cosas me quedasen claras. Ha bastado un mes. Según con qué plazo de tiempo se compare, el intervalo puede ser ínfimo o enorme. Pero lo que importa son los resultados. Este tiempo ha sido ese "contar hasta diez" antes de hacer o decir ciertas cosas que se suele recomendar por quienes tienen sentido común. Al principio fue duro llevarlo a la práctica; pero ahora, al final del camino, puedo decir que ha merecido la pena.
Tras este tiempo las suspicacias, confusiones y temores se han depurado. He seguido ese trayecto inverso que un sociólogo recomendaba: pasar de lo confuso a lo complejo, de lo complejo a lo complicado, de lo complicado a lo binario y de lo binario a lo sencillo y elemental. Y la madeja ha desaparecido; se ha convertido en una línea recta pura y radiante.
Ahora queda la satisfacción de la claridad. Quizás esto no pueda parecer importante a la mayoría; pero doy fe de que la claridad en las cosas no tiene precio. ¡Aunque duela esa claridad! Pero ese dolor, con un tiempo no excesivo, se desvanece y es fulminado por la claridad. En el terreno de los afectos esto es palmario y recomendable.
Durante este mes surgieron millones de palabras, suaves unas, afiladas otras, deseando salir a la luz. Pero la palabra debe ser guiada por el pensar y por el buen criterio, antes de aflorar. Aunque las palabras se convierten en hiel en ocasiones cuando las encerramos en el subsuelo del silencio.
Había pensado en respuestas, comentarios, invectivas; cosas que diría hoy. Sin embargo, como el mismo sociólogo antes citado afirmaba: puede suceder que al volver de un tiempo en la sombra nos demos cuenta de que ya no hay nadie, lo cual signifca que quienes pensábamos que eran alguien realmente no eran nadie y no merecían estar a nuestro lado. Y así ha sido.
En resumen, volvemos con un "Decíamos ayer".

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