22.1.06

Divagación.

Al leer el periódico he visto la propaganda de unos grandes almacenes dedicados a suministros informáticos. Había productos nuevos, cuya utilidad me resultaba desconocida. Entonces me asaltó la preocupación de tener que ponerme al día en esos asuntos. Ese fue el impulso inmediato; uno de esos impulsos que debo aprender a moderar en estos últimos días si quiero acabar de una forma serena. Y entonces adopté esa visión en la cual me educaron en la facultad de Filosofía: la visión de Martin Heidegger sobre la técnica. Era una de las visiones que justificaba una tesis doctoral. La opinión de Heidegger se recoge en apenas quince hojas. Pero ni una palabra tiene desperdicio. He de decir que no sé dónde tengo ese documento. Probablemente mi madre, en uno de sus comprensibles agobios, lo tirase o lo mandase a Dios sabe dónde. Pero recuerdo las palabras de Heidegger (algunas, al menos).
Heidegger hablaba de las grandes oportunidades que aportaba la técnica y de cómo el hombre podía y debía utilizarla. Según Heidegger, el ser se ofrecía al hombre en esta época bajo la forma de la tecnología; y debía escucharse esa llamada tal y como el ser requería. El homo faber tenía ante sí un nuevo mundo, con sus ventajas y sus inconvenientes. Las ventajas de la tecnología las estamos viendo a diario. Está de más citarlas aquí. Las tecnologías de la información, por ejemplo, han progresado y seguirán progresando hasta puntos que desconocemos. El ser ha hablado de ese modo, bajo esa forma; pero es una de sus formas. El ser de las cosas no es la tecnología; pero esta época del ser habla bajo la dimensión de la tecnología. Y tomar la parte por el todo, carecer de una visión de conjunto y, en vez de usufructuadores convertirnos en explotadores, es el gran riesgo de la tecnología.
El otro día estaba en el bar y una persona de edad se lamentaba por no poder disfrutar de los grandes avances que vendrán. Había vivido las carencias de la postguerra y ahora que todo había cambiado a mejor él ya era viejo. Ante ello no adoptaba una postura de envidia, sino de frustración. Él deseaba que las nuevas generaciones disfrutaran de los progresos y que siguieran avanzando. Pero había una cierta desesperación por haber vivido una vida tan desprovista de felicidad. Entonces recordé ese documento de Heidegger e intenté explicar de modo sencillo esos riesgos de la tecnología y, lo más importante, lo venturoso que está arraigado en nuestro pasado, en el pasado de ese señor mayor y en el mío.
Comentaba el gran pensador que el riesgo de las diversas formas de manifestación del ser es que se olviden las anteriores. La verdad es aletheia, un término griego que significa descubrimiento, desvelamiento. La verdad es ir quitando velos, descubrir claros en el bosque, hacer mundos en la tierra. Y el problema de la verdad es olvidar las raíces en que se funda, el desarraigo. En un mundo como el de la tecnología podemos perdernos y ser explotados por el ser en vez de ser sus usufructuadores. Las raíces del hombre y de su verdad pueden ser arrancadas al desconocer el fundamento originario de la técnica. El ser-ahí del hombre tiene el riesgo de desvincularse de su relación con el ser (ereignis) y de considerarse legitimado a acabar con la tierra en este mundo de la tecnología, y sentirse dueño de todo lo que le rodea; pero un dueño sordo a la llamada del ser de las cosas.
En nuestros días todo son avances tecnológicos (no entro en si son cualitativamente importantes o sólo pequeñas modificaciones de avances anteriores). Cada día hay un producto nuevo en el mercado en materia de imagen, sonido y comunicaciones. Y a la semana siguiente todo parece obsoleto. A veces nos agobiamos ante tanta novedad y no sabemos qué hacer. Llamamos a expertos para que configuren los instrumentos de comunicación ante tanta variedad de soportes, medios y formatos. Cuando manejamos una aplicación, al mes ya hay una nueva versión que funcionalmente no aporta demasiado, pero que hay que adquirir porque las anteriores desaparecen. Ante esta vorágine de cambios es posible que muchos caigan en ella y olviden la verdad. Porque en esos casos hay que marcar distancia, ver la claridad del claro del bosque y ubicarnos en el bosque y no extraviarnos por el bosque. La tecnología es un instrumento, no un fin. Un instrumento para los fines del hombre; fines que no deben convertirse en una rendición a la tecnología. Pero esta rendición cada vez es mayor porque actúa imperceptiblemente. Las dimensiones del hombre son múltiples y se desarrollan en varios niveles. Kierkegaard hablaba de tres niveles: estético, ético y religioso. El hombre de hoy en día se ancla en el primero de ellos, es un mero contemplador de lo que le rodea (nivel estético) que declina actuar con el prójimo (nivel ético) y que rechaza cualquier subordinación respetuosa a lo que se le escapa (nivel religioso). Incluso la contemplación del nivel estético está amenazada en su calidad. Aunque tecnológicamente las imágenes y los sonidos sean más puros, su percepción está cada vez más desprovista de la capacidad de interpretar. La mera sensación cada vez está más exenta de implicaciones y asociaciones. Somos consumidores de sensaciones incapaces de elaborarlas, de integrarlas, de dotarlas de una forma para nuestra sensibilidad. El exceso de sensaciones nos vuelve insensibles. Una cruel paradoja.
Hablaba con un compañero de trabajo. Comentábamos que hace bastantes años debíamos ahorrar y ahorrar para comprar un disco de nuestros mitos. Una copia pirata era algo valiosísimo y, cuando la adquiríamos, la degustábamos plenamente. Cada acorde, cada nota, nos sugería algo distinto en cada audición; y nos despertaba deseos de crear, además de satisfacer la necesidad de contemplar (asthesis) y de purificarnos (catharsis). Sin embargo, ahora no pasaba lo mismo. Algo había cambiado. Desde Emule todo estaba ahí, ¡todo! Ahora el problema era elegir con qué sentir y sentirlo de un modo rápido e inmediato, para pasar a otra obra. Mi compañero tiene cientos de cd's y de dvd's; pero ¿por qué ya no es capaz de disfrutar como antes? Se siente como un bulímico de los inputs que le llegan, desbordado, sin límites. Es decir, el juego ha perdido sus normas, el mundo ha perdido sus límites; y el objeto de las percepciones ha devorado al sujeto que las percibe. El contemplador y usufructuador del ser de las cosas ha sido devorado por las cosas olvidando su arraigo en el ser.
En una obra de Heidegger en la cual se cuestiona qué es el arte hay una distinción que siempre me sorprendió. Hay que decir que para aceptar la visión del arte de Heidegger hay que ser antropológicamente heideggeriano; ya que es una visión bastante peculiar. El pensador habla de dos dimensiones en la obra de arte y pone como ejemplo el cuadro de las botas de Van Gogh. Hay una dimensión de mundo, es decir, lo que interpretamos en una determinada época de ese cuadro. En la nuestra, por ejemplo. Pero luego hay otra dimensión que nos está vedada, que depende de interpretaciones futuras y que es la dimensión de tierra. No podemos pretender abarcar todas las interpretaciones. El ser se manifiesta de un modo en cada época y no estamos destinados a comprender todos sus modos. Ese engreimiento, esa falta de escucha, esa arrogancia se paga con el enterramiento de nuestro mundo. Cada mundo está abocado a ser monumento de esa dimensión de tierra que se vislumbrará en futuros mundos. Es decir, nuestro mundo será un recuerdo para los que están por venir; esa es la esencia originaria. El fundamento del ser es Ab-grund, falta de fundamento. La gran pregunta por la que Heidegger pasará a la historia es esta: ¿Por qué el ser y no más bien la nada? En la medida, afirmaba el filósofo, en que esta pregunta la releguemos a los pensadores, como especialistas, y nos desentendamos de su profundidad y de su universalidad el hombre está en riesgo de desaparecer. Esa pregunta permite marcar la distancia de la que hablaba y contemplar a la técnica como un instrumento del cual dirimir su utilidad para el hombre.
El mundo de esta persona con la que hablaba en el bar -y mi mundo- están ahí, como monumentos. Y los monumentos deben ser sagrados porque hablan del ser que fue, como el ser que hoy es hablará a generaciones venideras como monumento de una época. Como le decía a mi compañero de bebida, la visión del ser no es lineal, no caminamos hacia un futuro perfecto y maravilloso. Esas visiones teleológicas de la historia que nos ofrecían el marxismo y el cristianismo fueron derrumbadas por la visión circular del tiempo de los presocráticos y de Nietzsche. Debemos retornar a los presocráticos en la visión del mundo y de la vida. Cada mundo tiene su verdad y sus múltiples mundos de vida. Y no podemos renegar de ellos o sentirnos frustrados por la visión de un mundo mejor; porque esos mundos son las raíces de lo que está viniendo y de lo que vendrá. Rendirnos al progreso olvidando los monumentos del ser supone caer en la errancia y en el desarraigo. O lo que es lo mismo, ser los proscritos del ser ajenos a su llamada.

2 comentarios:

Anonymous Anónimo ha dicho...

Aquí tienes un regalo:
http://personales.ciudad.com.ar/M_Heidegger/tecnica.htm
Disfrútalo. (Y no te acostumbres; eres un cliente, recuerda.)

enero 22, 2006 12:55 p. m.  
Anonymous Anónimo ha dicho...

¡Gracias! Pocos regalos me han hecho nunca como este. Emplearé todo el domingo en la relectura.

enero 22, 2006 1:55 p. m.  

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