Desbarre enésimo nono
Ella aprendió a combinar todas las palabras. Pero le faltaba algo. Aprendió todos los ritmos, todos los estilos; se convirtió ella misma en poesía pura. Pero le faltaba algo, un no sé qué. Transformó en gorgoritos laríngeos todos los fonemas y con ellos dio forma a la rebeldía. Pero le faltaba algo que no terminaba de cuajar. Sus hachazos de falsa modestia no podían camuflar su traje hecho con cuellos de águila que había ido rebanando por el camino a porrazos. Pero le faltaba algo para terminar de dar la nota. Succionó todas las artes hasta decapitar de hastío al mismo Eros y se aplicó a ser altivamente modesta y devota del ensoberbecimiento. Pero siempre le faltaba algo entre calada y calada a la vida. Con la independencia de aquellos que huyen de lo que huela a infancia se entregó al juego pueril de soñar a bailar sin cadenas. ¡Y claro! Le faltaba algo enorme en su pequeñez para ser la gran cuentista, algo minúsculo pero necesario. Vistió todos los ropajes de Thalía y todas las desnudeces de una desheredada hasta quedar sólo arropada bajo la falda de su adustez mal disimulada. Desangelada por los triviales martirios de la nubilidad inadmisible se entregó a la corrupción libre de su propia alma y la quemó cuerpo a cuerpo. Y aunque pretendía hacerse acreedora de la antorcha de la estatua de la libertad, le faltaba algo; algo así como un mural de pinceladas que dibujasen la palabra "humildad". Pero su afición a las caricias de los rastrojos hizo que encallecieran sus sentidos y a lo que quedó lo llamó "orgullo". Ese orgullo sólo era un nombre. Ella era un muerto viviente incapaz de despertar la compasión y el elogio; dos gestos por los que se desvivía en cada grafema.

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