7.2.06

Sin título

No se resucita a través de la palabra. Y la palabra no es La Palabra.
Habrá guerras; la lucha se enconizará. Es posible que todo se vaya a hacer puñetas. ¿Y? Lo más claro es que una guerra no tendrá lugar: la guerra de las palabras. Hay corrientes de opinión capaces de electrocutar la voluntad más pintada y normas como para cimentar mil juegos. ¿Y? Lo más cierto es que un juego no tendrá lugar jamás: el juego de la palabra. La palabra se prohibió hace mucho tiempo y los hechos se largaron con ella. Eva se quedó sin Paraíso y Adán sigue en la forja del silencio. Se gana el pan con el sudor del sobaco y lo que más suda, no hay duda, son los labios. Pero no sudan palabras, sino toxinas incapaces de motivar nada como antes motivaba la palabra. Así que no caben ilusiones de resurrección. No es posible revitalizar lo que ni está dormido, ni olvidado; sino desaparecido. El verbo y el Verbo fueron en el principio; pero no por los siglos de los siglos: a un tiempo tan largo se le dijo amén con un silencio exento por completo de palabras. Nadie habla por sí mismo ni hablan por nosotros. No hay habla ni realización particular y concreta del lenguaje. Ninguna sinonimia ni encadenados de grafemas. Habrá suelo y habrá sangre. Habrá imágenes como para disecar un museo y celuloide como para envolver la atmósfera de toda la Vía Láctea. ¿Y? Los muertos van a seguir muertos. Y todos, vivos y muertos, incomunicados bajo el peso de un tumor de lágrimas. Nada puede ser más inconexo que este apabullante socavón que los pies del mono sapiens han provocado con sus uñas. Lo expuesto: no hay resurrección, ni ayuda, ni salvación ni martirio. Sólo surgen eventos que claudican invertebrados ante las corrientes de viento que mueven esa larva silenciosa que vaga fuera del paraíso sin poder decir esta boca es mía. ¿Y? Los alaridos se dirigen a Alá y los autoinmolados son sus profetas; los fanáticos se postran ante el altar con la coherencia de una matemática profunda. La demagogia de la libertad sirve a los sentimientos elementales de los ciudadanos: a su piel y a sus callos, a nada más. No es posible más cuando la libertad se vuelve contradictoria de la fe que riega de sangre cualquier intento verbal de coalición. No hay resurrección de la carne ni de la palabra. Vamos a arder como las banderas de quienes ingenuamente creyeron dominar los límites. Estamos muertos.
Escrito a 7 de febrero de 2006 desde un locutorio vallecano llamado La Cenefa Del Sudario.

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