Weiss Heim

En el camino van cayendo amigos o personas que caen bien por el mero hecho de existir y comulgar con los mismos dioses con que uno comulga. Y un martes, un preciso martes, diez de junio de 1997, a las ocho en punto de la tarde diez personas formaban un círculo en una sala de una emisora de radio. Les habían dicho que Dios se manifestaría en forma de juglar en ese Sinaí de la calle Valenzuela. En los pasillos de esa emisora había quienes se sentían como dioses y que se preguntaban qué hacían diez personas en la sala de espera. "¿Me esperan a mí?", preguntó José María García. "No, no señor", le respondió el guardia de seguridad. "¿Son gente de mi programa?", preguntó Jiménez Losantos. "No, no señor, vienen para el programa de El Pirata en Cadena 100", respondió el guardia jurado. Esas diez personas permanecían incrédulas, temblorosas, pálidas. "¿Venís a lo mismo que yo?" dijo ella, joven como dieciséis años pueden serlo y llena de esa adoración que solo dieciséis años pueden profesar. "¿Vienes a verle a Él?" "Sí" "Pues sí, creo que todos venimos a lo mismo". Parecíamos diez Reyes Magos incapaces de dar crédito a lo que días antes nos anunciaron. Yo llevaba una bolsa y cuando me pidieron la identificación para entrar en la emisora temblé, se me cayó, no sabía dónde tenía la cartera y las manos eran un manojo de nervios. El guardia jurado me tranquilizó: "¡Tranquilo, chico! A otros tres antes que tú les pasó lo mismo. ¿Se puede saber quién es ese hombre al que esperáis esta tarde?" "No es un hombre, señor... Aquí... aquí tiene mi dni, señor... Es... Es Dios" Se sonreía mientras cogía el carnet y tomaba los datos. No olvido un comentario que hizo: "En pocas ocasiones he visto tanto fervor como el que hoy estoy viendo, ¡y eso que trabajo en la COPE!" Yo sonreí, pero no podía decir nada, me faltaba la saliva, la respiración y los sentidos. La cita era a las ocho de la tarde... pero no pasaba nada. Las ocho y diez. Todos comprendimos que, tal y como imaginábamos, Él no aparecería. Era imposible. Pero necesitábamos creer que algún día Le veríamos, aunque fuese a unos metros de distancia y no en un escenario. "Casi mejor", pensé, "creo que me hubiera desmayado". Ella dijo que era demasiado bonito para ser verdad. Entonces, a las ocho y cuarto, del walkman del vigilante salió una voz: "Oye, la limousine del que va al programa de El Pirata no cabe en el aparcamiento... ¿qué hacemos? Cambio" "Que espere fuera... ¿Pero el invitado está dentro? Cambio"... "Sí, cambio" ¡Sí! La bolsa se me volvió a caer. Ella tenía los ojos húmedos. Los otros ocho miraban al techo, suspiraban, respiraban hondo. El silencio era absoluto. Entonces un chico dijo: "¿Sois vosotros los invitados al programa de El Pirata?" Asentimos. "Ok. Bajad, el programa acaba de empezar." Bajamos. Aquello era un limbo. Me temblaban las piernas. Uno murmuraba: "No... no puede ser... no puede ser... Él no debe ser... No". Nos pasaron a una sala separada del locutorio por una mampara de cristal. Tras la mampara estaba Juan Pablo, El Pirata, y dando la espalda, con un camisa blanca, cabellos largos y moviendo la cabeza mientras hablaba con su compañera... El Elegido. Las dos horas que siguieron permanecen como el único de mis recuerdos. Nada más existe. Y en esas dos horas hubo un momento inolvidable. La chica de dieciséis años fue interrogada por Él; ella preguntó al intérprete qué había dicho y el intérprete dijo: "Te pregunta si te has operado de ese dedo (señaló un dedo de A.)... Dice que es una operación que suelen practicar a guitarristas... Te pregunta si eres guitarrista." Comenzó a llorar, salió de la sala en que, tras la entrevista, Él decidió charlar con los diez invitados. Se sentó en el suelo y lloraba desconsoladamente. Su madre estaba allí e intentaba tranquilizarla. Lloraba de felicidad, de incredulidad. Los más mediocres hablarán de crisis histérica o de pasión quinceañera. Pero nunca me interesaron los mediocres. Él preguntó al intérprete que qué había dicho o qué había hecho para que aquella chiquilla reaccionase así. El intérprete sonrió con gran ternura. Esa sonrisa bastó para que Él comprendiese que estar tocado por las musas provoca esas reacciones en quienes necesitan adorar a la belleza. Cuando me despedí de A. y de su madre aquella noche, esa chiquilla le hizo una promesa tanto a su madre como a mí: "Algún día estaré junto a Él, formaré parte de Él, aunque sea un día o una noche... y sobre todo... intentaré con mis manos ser al menos la sombra de una sombra de sus acordes... No descansaré hasta lograrlo". La foto de arriba demuestra que lo logró. Está tomada en un castillo de Alemania al que Dios invitó a algunos apóstoles. Pero cuando esa foto fue tomada, yo ya había renegado de todos los dioses; porque he renegado para siempre del hombre.


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