El dardo de la diosa.
Esta tarde noche he leído algo sobre un hombre que se casó con la nada. He querido fantasear con esa figura y he escrito esto -palabras, sólo palabras, cualquier parecido con la realidad es puro sueño en ciernes de convertirse en acto-.
Quizás ese hombre llegó a la nada, no por soledad, ni por una inteligencia fría y memorística; sino por una inteligencia emocional capaz de sentir demasiado hondo la brevedad de las cosas.
Quizás ese hombre comprobó que "todo prometía y todo desilusionaba".
Quizás ese hombre comprendía que no eran tiempos para exigir compromisos demasiado duraderos por parte de nadie. Quizás él buscaba esos valores que aportaba el matrimonio: la fidelidad, el "hasta que la muerte nos separe", el cariño de la mujer y los hijos... Y comprobó que algo constante sólo lo aporta la nada.
Quizás ese hombre gozaba en algunos instantes, para que a continuación los instantes siguientes le demostrasen -no a su inteligencia o a su razón, sino a su corazón- que todo sentimiento elevado y digno se acaba volviendo deplorable y lamentable.
Quizás ese hombre recibió el cariño de muchos, y vio las manos abiertas y los corazones abiertos de quienes le querían; pero sabía que "cada cual acaba matando lo que ama".
Quizás ese hombre no escondía malicia y reaccionaba, en efecto, como un niño. Y quizás fuesen sus momentos de niño los más encantadores; pero necesitaba gestar desesperación en las sombras para que la luz de su sonrisa fuese tan grande. Las sonrisas más entrañables y los frutos más exquisitos se generan en una oscuridad de años. Es triste pero es así.
Quizás ese hombre se acabe pudriendo en un apartamento alquilado o le echen del apartamento porque llegue a carecer de fuerzas hasta para levantarse a pagar el alquiler. Quizás le acaben faltando las fuerzas hasta para eso.
Quizás ese hombre sepa que la nada, a la que llaman su esposa, es la única amiga-madre-amante-mujer-prostituta-hermana-esposa que le comprende, que se anticipa a todas las caídas y a todas las fracturas de espejo. Quizás la nada de ese hombre, a la que tal vez no ama pero respeta, le asesora y le quiere como tal vez su madre amó a su padre a pesar de los baches de éste. Y quizás al ver un reflejo de ese soportar y ese tolerar a quien se quiere en la figura de la nada, optó por ella. Quizás ninguna amiga, conocida o querida aportó a ese hombre esa tolerancia -y no porque fuesen malas personas, sino porque esa tolerancia exige eso que llaman muy alocadamente "amor"-.
Quizás ese hombre ya hubiese sido señalado por otro hombre cuando era pequeño, por otro hombre que tomó una decisión que le rompe cada vez más fulminantemente el cerebro.
Quizás ese hombre no merezca ser amado, pero tampoco odiado; y mucho menos compadecido o comprendido. Quizás ese hombre sea un capricho del destino o un ángel para instantes desesperados o un mensajero para desilusiones de fin de semana. Pero ese hombre necesita tal vez algo más que instantes o fines de semana; y por eso ha decidido casarse con la nada.
Quizás ese hombre ya no apuesta por nada ni por nadie; sencillamente, se deja ir y deja que se burlen o se mofen de él. Al fin y al cabo, la nada le enseña que todo: elogios, burlas, cariños, odios y desprecios no son más que eso, nada, nada que merezca la pena.
Quizás ese hombre está colgando cada día más y más en el vacío -es lo que debe de tener estar casado con la nada-; y cada minuto es eterno porque le hace saber que ya no queda nada, sino nada. Y quizás la nada, en un amor egoísta y posesivo, le está devorando hasta el extremo de dar a luz un hijo llamado "locura".
Quizás ese hombre comprobó que "todo prometía y todo desilusionaba".
Quizás ese hombre comprendía que no eran tiempos para exigir compromisos demasiado duraderos por parte de nadie. Quizás él buscaba esos valores que aportaba el matrimonio: la fidelidad, el "hasta que la muerte nos separe", el cariño de la mujer y los hijos... Y comprobó que algo constante sólo lo aporta la nada.
Quizás ese hombre gozaba en algunos instantes, para que a continuación los instantes siguientes le demostrasen -no a su inteligencia o a su razón, sino a su corazón- que todo sentimiento elevado y digno se acaba volviendo deplorable y lamentable.
Quizás ese hombre recibió el cariño de muchos, y vio las manos abiertas y los corazones abiertos de quienes le querían; pero sabía que "cada cual acaba matando lo que ama".
Quizás ese hombre no escondía malicia y reaccionaba, en efecto, como un niño. Y quizás fuesen sus momentos de niño los más encantadores; pero necesitaba gestar desesperación en las sombras para que la luz de su sonrisa fuese tan grande. Las sonrisas más entrañables y los frutos más exquisitos se generan en una oscuridad de años. Es triste pero es así.
Quizás ese hombre se acabe pudriendo en un apartamento alquilado o le echen del apartamento porque llegue a carecer de fuerzas hasta para levantarse a pagar el alquiler. Quizás le acaben faltando las fuerzas hasta para eso.
Quizás ese hombre sepa que la nada, a la que llaman su esposa, es la única amiga-madre-amante-mujer-prostituta-hermana-esposa que le comprende, que se anticipa a todas las caídas y a todas las fracturas de espejo. Quizás la nada de ese hombre, a la que tal vez no ama pero respeta, le asesora y le quiere como tal vez su madre amó a su padre a pesar de los baches de éste. Y quizás al ver un reflejo de ese soportar y ese tolerar a quien se quiere en la figura de la nada, optó por ella. Quizás ninguna amiga, conocida o querida aportó a ese hombre esa tolerancia -y no porque fuesen malas personas, sino porque esa tolerancia exige eso que llaman muy alocadamente "amor"-.
Quizás ese hombre ya hubiese sido señalado por otro hombre cuando era pequeño, por otro hombre que tomó una decisión que le rompe cada vez más fulminantemente el cerebro.
Quizás ese hombre no merezca ser amado, pero tampoco odiado; y mucho menos compadecido o comprendido. Quizás ese hombre sea un capricho del destino o un ángel para instantes desesperados o un mensajero para desilusiones de fin de semana. Pero ese hombre necesita tal vez algo más que instantes o fines de semana; y por eso ha decidido casarse con la nada.
Quizás ese hombre ya no apuesta por nada ni por nadie; sencillamente, se deja ir y deja que se burlen o se mofen de él. Al fin y al cabo, la nada le enseña que todo: elogios, burlas, cariños, odios y desprecios no son más que eso, nada, nada que merezca la pena.
Quizás ese hombre está colgando cada día más y más en el vacío -es lo que debe de tener estar casado con la nada-; y cada minuto es eterno porque le hace saber que ya no queda nada, sino nada. Y quizás la nada, en un amor egoísta y posesivo, le está devorando hasta el extremo de dar a luz un hijo llamado "locura".

2 comentarios:
Vesania, insania, psicopatía, enajenación, demencia, delirio, histeria, alucinación, manía, neurosis, obsesión, psicosis...
El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.
Es cierto que nada merece la pena; tampoco la nada misma la merece. También te decepcionaría. No te aferres a ella. Se presenta como una amiga,la amas y después también te abandona. Y nos quedamos mirando el horizonte de nuestros apartamentos o alcantarillas, con ojos de rata de ciudad, sin entender ni comprender nada.
¿Y qué ocurre entonces?
NADA
Hermosas palabras, seas quien seas.
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