Me lo cuento a mí mismo para convencerme
No se debería de anticipar más de lo necesario; y esa necesidad la marca la lentitud o la rapidez de los hechos. Ese ritmo se intuye si se sabe escuchar. ¿A cuento de qué anticipar encuentros en castillos, o en la orilla del Mediterráneo o en las olas de otro mar? Es la precipitación y el capricho -que no el gusto- de no querer saber lo que nos encabrita y dispara hacia callejones sin salida. Con el lema de que "hay que arriesgar", los berenjenales se convierten en nuestra autopista. Se oye decir "¡adelante!", "¡no pierdes nada!"... Y al final aquí estás, compuesto y descompuesto, sin nadie y sin nada. Pero es aquí donde mejor se aprende a escuchar, en el silencio; y se aprende a rezar y a hacer promesas, incluso se decide pactar con lo más honesto y digno que aún no ha sido alterado en el interior. Y caen todas las espadas de Damocles a una: el sexo, la compañía que meramente asiente, el elogio fácil; el simple "estar ahí" sin compromiso, la amistad como anuncio de hora punta. Pero ninguna espada te puede atravesar; porque el miedo anticipatorio te impidió ver que la meta no estaba comprometida por ninguna de esas espadas. Es decir, nada se ha perdido. Tan solo se ha impuesto una lección que no habría que olvidar: nadie más que uno mismo puede quererse. Todo lo demás no existe. Y si crees que algo más existe, está ahí para hacerte daño, para hundirte con ese cáncer contra el cual aún no hay remedio: la esperanza. Y hay muchísimos alimentos cancerígenos que la contienen: el amor, la admiración, la compañía... Incluso el diálogo es cancerígeno. Y no hay que confundir todo eso con la "necesidad". Sólo hay cuatro necesidades universales: dormir, comer, beber y expulsar los efectos de los anteriores verbos. Todo lo demás produce cáncer. Amén.

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