21.5.06

Sobre la divinidad.

Ayer volví a ver El Nombre de la Rosa en Cuatro. Volvió a emocionarme, a pesar de las veces que la he visto.
Y volvió a llamarme poderosamente la atención el enfrentamiento entre Fray Guillermo y el padre Jorge, la disputa acerca de los beneficios o los perjuicios de la risa. La mayoría sabe que El Nombre de la Rosa gira en torno a un libro envenenado (nunca mejor dicho): el segundo libro de La Poética de Aristóteles. En ese libro, desgraciadamente perdido, se hablaba del poder de la risa. La risa, aplicada a los defectos y a las debilidades, tornaba invulnerable al que era capaz de mantenerla despierta. La risa era capaz de hacer perder el respeto a todo lo que se pudiera considerar inmemorialmente serio o sagrado. Según el oscuro personaje de la obra de Eco, ese libro con su defensa de la risa -y escrito por el sabio Aristóteles- acabaría radicalmente con la fe, la cual se basa única y exclusivamente en el miedo. La iglesia debía extender la fe en Dios como único remedio contra el miedo que ella misma procuraría mantener bien vivo. La risa, sin duda, nunca dejaría de habitar en la necia mayoría; pero si los doctos la usaran bajo la luz de la inteligencia el temor de Dios y el respeto quedarían gravemente afectados. En cierto modo, sucedió así, cuando posteriormente los escépticos allanarían el camino del saber y surgiría el racionalismo apadrinado por monsieur Descartes.
La ironía de Guillermo de Baskerville, así como su justificado orgullo intelectual, hacen del personaje interpretado por Sean Connery todo un paradigma de ese carácter flemático que tanto se echa de menos.
Por otro lado, en estos días un aluvión de películas nos asedia debido al estreno de El Código da Vinci. En televisión no paran de bombardear con películas que cuestionan la divinidad de Cristo. Esta misma tarde en Tele 5 pasaban El Cuerpo, con Antonio Banderas; de tema similar al planteado por Dan Brown. Pero el viernes por la noche, en Cuatro, hubo un debate bastante interesante sobre la obra de Brown. De un lado, historiadores y padres de la iglesia; del otro, eruditos que se han currado el Código para sacar unos eurillos. Hay que reconoer -lo cortés no quita lo valiente- que los representantes de la iglesia, con la figura principal del Opus Dei a la cabeza, ganaron por mayoría absoluta. Y no es extraño, como se decía en el debate, que tras la publicación del Código el número de seguidores del Opus Dei en Norteamérica haya aumentado sus cifras en cuarenta mil personas; en vez de suceder lo contrario, dado que "el malo" de esa novela es un representante de esa congregación. Pero si tenemos en cuenta las patadas a la historia, a la ciencia, a la verosimilitud (y a la fe, por supuesto) no es de extrañar. Genial la frase de un sacerdote: "A la iglesia le hace falta ahora mismo un buen Lutero, no luterillos de tres al cuarto como Dan Brown. Efectivamente, la iglesia debe adaptarse a su tiempo y discutir asuntos de su tiempo, pero desde un enfrentamiento que provenga de alguien con una mínima credibilidad y fuerza para cuestionar los fundamentos católicos". Cuando otro tertuliano dijo que en los tiempos que corren de pensamiento débil una figura así no podía surgir y que Dan Brown sería el sucedáneo más aceptable, la respuesta del sacerdote fue de quitarse el sombrero: "En ese caso, señor mío, el rebaño de Cristo se ha convertido sólo en rebaño si no puede aspirar a cotas más altas de racionalidad. La religión no es el "cuatro esquinitas tiene mi cama!... Implica mucho más que una moral de borregos". Después pasaron a publicidad.

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