Virtudes
Se llama Virtudes y es una iconoclasta. Una mujer magnífica en su orgullo y en su saber lidiar amargas circunstancias. Si fuese hombre sería Ulises; y cualquiera la reconocería en ese episodio en el que Odiseo atraviesa la costa de las sirenas. No hay sirena que no pierda la paciencia o se suicide cuando Virtudes clava el aguijón de su desprecio en la mediocridad. Ella vive, sin importarle si sabe o no sabe vivir; porque "saber" no es "vivir". Y con esa filosofía ha vencido miles de prejuicios y, como un inmenso espejo, ha devuelto los venenosos reflejos que los plebeyos lanzaban contra ella. Los plebeyos han seguido siendo plebeyos; pero ella ha salido reforzada sobre los miserables que la rodean. Virtudes es, ante todo, una gran virtud: la de valorar la vida sin entrar en los pormenores que la mutilan -y uno de esos pormenores es la vieja acepción de la virtud con su doble moral-. Para esta mujer cada día es un joven latido lleno de matices en el cuerpo de la realidad. Porque Virtudes, pese al nombre, ha denostado siempre la virtualidad y los sucedáneos. Por eso el colorido de sus vivencias destacará siempre sobre la mortecina grisura de quienes la rodean.

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