16.7.06

Antes de volver a Solitude

Los libros atrás, los poemas olvidados… Ya hasta las sospechas se quedan cortas. Una sonrisa se ha comido al gato.
No me queda nada, compañero. Me da igual que me apuñales o no. Me da igual todo.
Las luces de la ciudad se ocultan tras la fiebre. De tanto calor, hace frío. Y yo tengo náuseas; no de ti ni de mí, sólo náuseas.
Los veranos me dan miedo. Desde que se inicia hasta que se otoña, el verano es un asesino que anda suelto. Las arañas se atreven a bajar hasta la almohada, los recuerdos se atreven a hacerte culpable; las cucarachas tienen licencia para mostrarse y los instintos pueden responsabilizar al calor de sus proclamas.
Pero Satriani pone acordes de vida a este fin de vida. Huele a amoníaco en las calles, el calor lo pudre todo; pero esos acordes sobrevuelan, no se implican y, sin embargo, tampoco desprecian la ciudad que armonizan. El miedo no es más que un reptil como nosotros, alguien con quien convivir: nada más. Si ni él ni nosotros nos sentimos amenazados, la existencia es posible. La única amenaza es el verano, el calor de El Extranjero que encumbró a Camus y que le hizo disparar hasta vaciar el cargador; el calor de Bardamu allá en El Congo en su Viaje Al Fin De La Noche; el calor de Nizan en Aden Arabia; el calor de Rimbaud en su infernal temporada. Esa es la amenaza, ése es el calor que mata; ése es el asesino que nos va a dar la puñalada y nos va a traicionar. Después nos señalarán y nos dirán que nos hemos traicionado a nosotros mismos. Pero no habrá sido así.
¿Recuerdas cuando mirabas la buhardilla desde el parque? Todos decían que Satán habitaba en ella; pero tú habías sido niño allí y para ti no había lugar para Satán en la infancia. Pero como eres responsable, educado y coherente le creaste un lugar a imagen y semejanza de los miedos y fábulas de tus mayores. Así que le metiste tras una de las puertas de aquel corredor en donde estaba la buhardilla y a aquella habitación la llamaste Iglesia, echaste la llave y allí se quedó Satán. No dejaste que pudriera tu infancia, sino la madurez, como a todos.

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