He oído decir que un guerrero debe procurar tener siempre el Sol a su espalda.
La metáfora se presta a una madrugada de reflexión. Todo sol ha de estar a nuestra espalda: una imagen para pensar.
Otra imagen nacida en el autobús: una Luna creciente como un grano de pus que se hincha; una Luna que se va llenando hasta que los macrófagos la limpien devorando su veneno. Sin los inapreciados y desapercibidos macrófagos seríamos la viva imagen de la peste.
Una imagen más: el oculto. El que parecía inactivo, el conjurado, el más nocivo e indigno de los inquilinos no se había ido. Hemos dormido todas las noches con esa rata bajo la almohada. Cuando llamábamos a Interflora desde la cama, tumbados, con el móvil pegado a la oreja y pedíamos el ramo que expresara nuestro deseo, lo hacíamos con el roedor aletargado bajo el almohadón y las plumas. No podemos decir que el genio no nos lo advirtiera. Con una sonrisa más de desencanto -la enésima, porque si dijera que la última, sería la enésima vez que es la última-: aquí no parece caber más acíbar. Esto ya no lo para nadie. Y como cada palo tiene que aguantar su vela, ¡a naufragar!

0 comentarios:
Publicar un comentario
Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]
<< Inicio