17.7.06

Un estado de emergencia
Todas las fuerzas parecen estar esperando. Cada una reclama su atención y parece reclamarla ya. Es como si nada pudiese demorarse más. La mera demora supone en sí una toma de decisión. Cada parte en este tribunal hace valer lo que conoce y lo que ha vivido; y lo que imagina en función de ambas cosas. La conflagración es inevitable, para bien o para mal. Realmente aquí el bien y el mal son términos relativos. La resultante de las fuerzas se dirimirá tal vez azarosamente.
¡Qué difícil ha de ser pertenecer a un jurado y ser de veras imparcial! Uno asume para sí el papel de jurado en medio de sus vivencias y es muy difícil ser imparcial. No sólo ante los miedos (ante ellos es ante los primeros ante los que hay que ser imparcial y a los que hay que dejar a un lado); sino ante los testimonios de las muchas experiencias pasadas. Si damos excesivo valor y absoluta credibilidad a esas experiencias, las vivencias futuras quedarían abortadas. Si comparamos como jurado imparcial empresas futuras con casos pasados sin tener en cuenta nada más que los meros hechos, la similitud nos haría desistir en el acto de acometer nada nuevo. Pero hay infinidad de matices que no se deben pasar por alto.
Los grandilocuentes adverbios temporales, magullados, mutilados, hechos añicos están ahí, sentados, frente al jurado, como "viva" prueba moribunda de lo que representa el salto del trampolín de los labios a la realidad.
Asímismo, los miembros del jurado pueden ver en el panel las fotos de la víctima, "fidelidad", en la fábrica de astas donde fue hallada horriblemente descuartizada a los cuatro días de contraer matrimonio con Cristiano Inocencio.
Son sólo dos ejemplos de lo que decía, de experiencias que no deben condicionar futuros eventos. Porque ni científica ni legalmente prueban nada. ¡Y afectivamente mucho menos!
Hablando en serio, entre altibajo y altibajo, los ejércitos se han ido formando. Ya no cabe ni un alma en este campo de batalla. Queda el campo justo, el tiempo justo... el aire justo para la resolución. Como dije, la no resolución es ya una resolución. Si se quiere, óptese por otra metáfora: el altar está preparado. Se ofician bodas, bautizos; sacrificios... ¿Quién decide? La cuestión es que se decide. Tal vez eso es lo que acaba descargando la conciencia de quienes no podemos ya con lo que ese concepto, "conciencia", ha cargado sobre nosotros: ese impersonal se decide. Quizás nos hemos manchado tanto de dar vueltas y vueltas a las cosas, hemos embadurnado tanto la pura felicidad de las vivencias, hemos aplicado tanto la lupa de la sospecha a cada sentimiento digno de ser vivido... que hemos perdido ese goce griego de la vida. ¿Y qué pasará tras la pérdida? Ya lo dijo el gran maestro alemán de la sospecha: tras perder el goce del ritmo griego, sólo quedará el triste goce cristiano del arrepentimiento (es decir, el goce del nihilismo, el goce con nada, porque eso no es nada). Así de pusilánime y triste es el hombre occidental de nuestro tiempo.

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