20.7.06

Ya no releo. Pero creo recordar que era Michel Tournier en El Rey de los Alisos -la historia de amor de un niño-ogro en la Alemania nazi- el que contaba algo que me quedó bien grabado. (Ese libro me quedó bien grabado, es un libro que no compré yo, y que me regalaron hace catorce años).
Decía Tournier que aquellos que detestemos una determinada estación, el verano por ejemplo, debemos hacer un determinado razonamiento. A partir del solsticio de verano, los días comienzan a ser, aunque muy imperceptiblemente, más cortos. Al día le vamos quitando células de luz, sólo células; pero el cáncer ha comenzado. Quienes no podamos resistirlo, debemos pensar que el día tiene el cáncer en su seno y que agoniza. El verano está muriendo y no lo sabe; está herido de muerte y debemos callárselo.. que disfrute, no seamos crueles... cada día las células se expanden... el cáncer es mayor... cada día menos minutos de luz... Los primeros inapreciables... pero a medida que pasan los días, comprobamos que ese final de junio, con una noche luminosa, ya no lo es tanto. De modo que para los que sepamos tener esto en cuenta, a mediados o finales de julio, la metástasis es ya evidentísima, es un invierno para el analista de laboratorio, una muerte en vida que el calor está cultivando en sus arterias llenas de Sol. A esta hora la luz es mortecina, comparada con la que los cielos daban el 24 de junio; el cielo ya está demasiado maduro, ha aprendido demasiado, ha perdido inocencia; sabe mucho ya, conoce la distinción entre inocencia y pecado, entre bien y mal, entre trabajo y descanso: sabe que el frío le espera ahí delante, pero no quiere pensar en ello. Agosto es un verano agostado, la decadencia; sus noches son un puro presagio de invierno, el solsticio ha quedado infinitamente atrás. Tan sólo las tardes calurosas pueden hacernos pensar que es verano; porque las noches ya apenas son luminosas... sólo las tardes con ese tórrido calor son la quimioterapia del verano... sus últimas bocanadas... Porque desde el siguiente día al del solsticio de verano, una pequeña célula, un minuto más cada día, se empezó a acortar la luz de cada día.

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