19.8.06

En el olvido.

Sabías que no ibas a volver a verlas... Sabías que no ibas a volver a pisarlas...
La palabra puede herir y la palabra hiere; la palabra puede curar y la palabra cura; la palabra es la enfermedad que alivia y mata.
Hay muchas interpretaciones: el final natural de las cosas, la farsa que se descubre, la acción que llegado el momento es necesaria; pero de fondo lo mismo común -desenlace-.
"Final", "término", "destino": vivencias o muerte a crédito que no termina de vencer.
Dijo una voz popular: Píntame un cuadro y cuélgalo en la pared. Jamás pinté un cuadro de encargo. Jamás pinté. Y mucho menos un cuadro que revelase tus líneas. Todas curvas buscando una recta, todas curvas creyéndose una diagonal capaz de cercenar el cuerpo del cuadro; y sin embargo una sola recta atravesando tus curvas a la que llamabas "firmeza" y que no era más que la rigidez de un dolor que parece no doler y que te sostiene como a un crucificado. Yo no sé pintar a la mujer.
Si ella estuviese aquí, daría claridad, sería precisa. Pero no está. Lucila duerme o se emborracha o está cansada en la habitación a oscuras. Lucila es como la palabra que se mata de impotencia igual que su hígado de mezcal.
Yo vendo una noche, yo compro una noche; pero a quién comprar o a quién vender cuando no saben ni en el momento del día en que se encuentran quienes albergan la noche.
Como en una película de esas que hacen legión de fans. Ella llama a la puerta, él se queda a cuadros, ella ha demostrado que le quiere con locura dando el paso que él jamás dio. Después se quema la pantalla y vienen los bomberos. Pero a veces, como en La Rosa Púrpura de El Cairo, se pueden cruzar los mundos, pero hay que estar en la cuerda floja para dar ese paso; necesitar dar ese paso que convierta las ilusiones en realidad. Aunque la mayoría de las veces lo cotidiano está ahí, la barriga de la campana de Gauss está ahí, mostrando matemáticamente que los más quieren lo que quieren los más; y que los menos se frustarán porque no serán comprendidos por los más ni por los menos, sin han renunciado a pertenecer a su colectivo. La verdad es esto.
Lo que queda es frustración y derivados. Dar más vueltas es absurdo. Las soluciones son dos: una extrema y la otra, ir tirando. Ese ir tirando es la solución extrema, pero en versión descafeinada; un suicidio a plazos. El alcohol, las pastillas, el olvido que te hace vulnerable a cualquier ataque interno o externo: suicidio a plazos, muerte a crédito. Así que la solución es una, como un medicamento, pero con diferente concentración.
Pero hay una advertencia que debería de poner en guardia: los olvidos. Cuando comienzas a olvidar, sin ni siquiera desearlo. Cuando la mente rechaza todo en una especie de anorexia de recuerdos y de pensamientos, o cuando se harta de entusiastas vivencias para segundos después vomitarlas en una bulimia atroz... Entonces la señal es muy clara. Cuando la impotencia hace caer todo en el olvido; cuando los grandes autores y compositores no son nada, cuando sus obras no dicen nada, cuando la palabra de cada verso se difumina en una línea azul o gris en el cerebro para convertirse en un balbuceo lanzado al techo, ha llegado la hora de que uno mismo caiga para sí mismo en el olvido.

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