Errancia en la tarde

De niño oías decir determinados tópicos: "Las drogas matan", "de los porros pasas a la cocaína y de la cocaína a la heroína", "esa gente consume eso porque quiere, no tienen motivos; así que si les pasa lo que les pasa ellos se lo han buscado". Se oía en el entorno, hablo de hace muchos años. Se culpabilizaba a la droga; y no se la distinguía de otras drogas que se consideraban oficiales y bien vistas: alcohol, tabaco, psicotrópicos -estos últimos, de todos modos, también eran mal vistos: visitar a un psiquiatra era tanto como estar loco-. Yo no comprendía por qué alguien podía acudir a ciertas sustancias porque sí, sin más. Lo pintaban todo como una elección voluntaria de la muerte, como un suicidio buscado. Los ejemplos que ponían en televisión decían lo mismo: "yo entré en esto por probar, por tener nuevas experiencias; y así he acabado"; "me dijeron que si quería probar, que me iba a sentir bien, que iba a alucinar; luego me enganché y aquí estoy por culpa de toda esa mierda". Y yo seguía sin comprender por qué ante algo que tan claramente llevaba a la destrucción, algunos daban el primer paso. No creía que los jóvenes o los no tan jóvenes careciesen de lo que yo llamaba "criterio", sin saber exactamente qué era eso. Quizás lo que me habían inculcado como sentido común. Era como si algo chirriase en el mundo que debe ser, ese mundo que todo docente ha de mostrar.
Jamás he fumado un porro, jamás he probado la "coca" y, por supuesto, nunca he probado otras sustancias como heroína, lsd, etc. Como decía Boby, un buen amigo al que la música le ponía a cien, cuando disfrutas de las cosas sin necesidad de nada, ¿para qué más? Cuando íbamos a algún concierto y olíamos ese dulzor en el ambiente, para qué engañarnos, olía bien y nos ofrecían; pero tanto él como yo no aceptábamos. Desde luego, el hecho de no aceptar no quería decir que no respetásemos la actitud de los demás. Jamás nos cuestionamos eso. Simplemente, ¿para qué más en nuestro caso?
Y después crecí; y después seguí creciendo. Y mientras yo crecía, crecía también lo que quiero denominar un don, si no de palabra, sí de pensamiento: la dialéctica. Los pensamientos comenzaron a formar reuniones libres en mi cabeza y comencé a comprender. Y comencé a odiar. Había marginados, pero no lo habían elegido; había quienes habían decidido "volar" alto, pero no por probar y porque sí; había enganchados, pero porque no habían podido engancharse a nada ni a nadie más. Mis pensamientos, en sus parlamentos solitarios -siempre he sido un solitario-, extraían consecuencias por sí mismos ayudados de muchas lecturas. La balanza se inclinó hacia el otro lado. Y comencé a odiar, a odiar a quienes lo habían enmascarado todo. Pero el odio se mitigó cuando comprendí que la ideología y las corrientes de opinión son, no el opio, sino el maná, el pan, el aire de quienes no pueden pensar por sí mismos y necesitan sólo un dedo de frente; porque si no, la gobernabilidad de la gente sería imposible. Pero ya los tópicos no hacían nada, mi cuerpo y mi mente eran inmunes a ellos: "la droga es mala", "los drogatas son una piltrafa", "mira ése: ¡qué bajo ha caído! ¡Escoria!" El hecho de que se culpabilizara en las expresiones me bastaba para que incluso las personas que las emitían fuesen ignoradas por mí, ni siquiera existían. Creían en la culpa. Me basta que alguien crea en el concepto de "culpa" para que no exista o no haya existido esa persona para mí.
De las personas que me hablaron de la droga en mi infancia hubo alguien a quien no olvidaré, era sacerdote de profesión; pero el único amigo de verdad que he tenido. No mereció el final que tuvo, o quizás terminó -como muchos dijeron- como Cristo terminó. Tal vez debía ser así. Él me habló de un modo diferente sobre el asunto de la droga en aquellos tiempos en que la transición estaba en ciernes. Recuerdo que en los viajes por la sierra yo disfrutaba como un enano. Corrillos contando chistes, cantando, riendo; y por supuesto, el que quería fumar lo que quisiera, fumaba. Mientras otros podrían escandalizarse de esto en aquella época, aquel hombre no, no se escandalizaba; y ayudaba a otros como a mí a ver lo que hay detrás de las cosas, me ayudó a ver por detrás de las cosas. Antes de que la filosofía me despertase realmente y me hiciese aborrecer al hombre sobre todas las cosas, él me ayudó a creer en todos los hombres. Si alguien tenía un problema, incluso con esas sustancias, le pedía consejo sin saber cuál era su profesión. Él nunca llevaba hábito ni alzacuellos. Se mezclaba con la gente, porque había que mezclarse con el dolor y con la alegría del pueblo; no juzgar desde el púlpito: sólo Dios podía juzgar y, desde luego, aunque el hombre estuviese hecho a imagen y semejanza de Dios, este sacerdote pensaba que Dios no juzgaría con la acritud y el desprecio con que suele juzgar el hombre.
Y conforme crecía vi que el mundo no estaba bien amueblado. Vi que en esa campana de Gauss que compone la sociedad yo me estaba quedando relegado a uno de los extremos. Me sentía así, después un "amigo" me confirmó que era así y que así ha sido. En ese extremo todo es frustración si no has alcanzado tu lugar: soledad, frustración y silencio. Desde ese lugar, lo que me parecía raro era que no todo el mundo cayese en la droga o consumiese cualquier cosa para evadirse de este mundo. Lo que me resultaba inexplicable era que hubiese gente capaz de ser "normal". No por ello he fumado un porro en mi vida, ni he consumido cocaína, heroína o lsd. ¿Otras drogas? ¡Pues claro! ¿Seguiría si no aquí? Llegué a tomar tanto alcohol que la sangre no salía roja, sino incolora. Tenían que poner el cartel de "No fumar" cuando me tenían que sacar sangre para que no ardiese el laboratorio. Pero fue puntual. Como un doctor dijo: "En sus venas hay más de Esparta que de otra cosa. Le jodieron bien en EGB con la disciplina." No le faltaba razón. La consigna que recibí a los siete años de edad era ésta: "Si disfrutas, penarás por ello. Si sufres, si sufres hasta no poder más y constantemente ves el sufrimiento allí donde esté el placer, Dios estará contigo. Vivir a Cristo es ser un Cristo viviente. Que la felicidad y el placer jamás toquen tu corazón, Mar, rezaré por ello." Palabras de un profesor de 5º de EGB que brillaban en el horizonte. Pero rompí con eso y, como decía, me di al "bebercio" puntualmente. Después, como un chico obediente, había que acudir a la medicina convencional, al redil: ser legal. Al fin y al cabo los mundos contrapuestos se tocan: supongo que x porros equivaldrán a cuarenta Tranxilium 15. Cuestión de interpretación. Pero aún se oyen tópicos en el aire que, cuando me pillan torcido, me enrabietan: "¡Ganas tiene la gente de drogas y medicinas! Con lo feliz que es estar vivo y despertar cada día y ver amanecer" Que Dios me perdone, pero una vez, frente a un Corte Inglés, cuando oí decir esto me volví y respondí como no hice nunca y como espero no volver a hacer jamás: "¡Cuánto me gustaría estar presente en un momento de gran dolor en su vida, señora! ¡Cuánto me gustaría y poder recordarle estas palabras y reír en esos instantes y escupirle todo lo que acaba de decir en ese momento de supremo dolor que tendrá lugar algún día en su jodida vida!" Se me cruzaron los cables. Recuerdo que cuando cometí esta salvajada acababa de leer Guignol's Band de Céline (quizás, aunque los críticos tal vez no me darían la razón, la obra más cruel... la más nihilista... setecientas páginas de un odio insano contra el hombre que, en ocasiones, ofende las sensibilidades más encallecidas). Además, y aunque no sea excusa, yo había adelgazado 18 kilos en un mes, mis nervios estaban a flor de piel y me creía el único rebelde de pensamiento. Duró poco. Meses después elevaría mi cabeza y notaría cierto olor a peste; olfateé bien y me di cuenta de que no era el mundo ni lo que estaba alrededor lo que olía a podrido. No había mundo, no había "alrededor" alguno. Era yo: me había quemado, consumido; en mi afán por devorar y derribar todo, acabé volándome a mí mismo.
En un lugar donde trabajé un compañero consumía drogas. Estaba deshecho. Encima la justicia -no pienso comentar el caso- se le echó encima sin compasión. (¡Cuánto maldigo la justicia de este mundo!). Le quitaron todo y casi no le quitan el trabajo de no ser porque uno de mis jefes salió en su defensa -ahora ese jefe está en la cúpula y, ¡qué cojones!, se merece eso y más, porque tiene un corazón más grande que El Retiro-. Ese compañero me estimaba. Dicen que me estimaba porque a veces le daba alguna ínfima cantidad que yo sabía bien dónde iría a parar. Cuando vio que dejé de darle dinero porque imaginaba en qué lo utilizaría, sólo me pedía para cañas y bocadillos que tomaba mientras yo le acompañaba. Pero era legal. Tenía una agenda con todo lo que debía y, cuando podía, lo devolvía. Me regaló el consejo que más me agradó, aunque no lo haya seguido: "Tengas la edad que tengas, joder, tienes que aprender a tocarla y a acariciarla como a una mujer... ¡Mucho mejor que a una mujer! ¡Y mira! ¡Desangrarte por ella" Dijo esto mientras ponía una guitarra en mis manos y me enseñaba las suyas, con callos y sangrando. Nó sé qué fue de ese chico. Yo me fui de aquel centro. Sé que la última vez que le vi estaba hundido, en los huesos... pero no quiero pensar que derrotado. No, derrotado no. Aún me conminaba a tener toda la discografía del más grande músico de todos los tiempos: Neil Young. Estuviese como estuviese, siempre me hablaba de Neil Young. Incluso la última vez que le vi.
Alguno se preguntará (es retórica, sé que este lugar es una selva desierta) por qué he sacado este tema. ¿Por qué me ha dado hoy por ahí? Pues porque esta tarde, ¡qué día no es fiesta!, estaba jodido. Pero no me apetecía escuchar música. Y como la soledad devora, puse la radio. Creí que tenía sintonizada la cadena SER; pero no, estaba puesta la COPE. Y una mujer soltó una frase, pero no he reaccionado como reaccioné con aquella mujer frente al Corte Inglés; simplemente, he apagado la radio, he encendido el pc y he escrito esta tontería. ¿La frase? Era una tertulia con médicos, hablaban de todo un poco, y en un determinado momento esa señora dijo: "Pues usted dirá lo que quiera doctor; pero esa gente que se droga es culpable y, antes que ser reinsertada, debe ser sancionada por sus delitos. Si no, ¿en qué lugar quedamos el resto de los ciudadanos? ¿A merced de esos salvajes?" Sin palabras.

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