Los últimos días de Destouches C. IV

Casse-pipe y Conversaciones con el profesor, un librito de Céline que había en la biblioteca antes de que la cerraran por reestructuración hace seis meses, ha desaparecido. Cuando hoy fui para ver lo que el faraoncito de Madrid había perpetrado, comprobé que ese libro ya no estaba en los fondos de la biblioteca. "¿Qué ha pasado con esa obrita de Céline, señorita? Antes la tenían y ahora no figura en los fondos?" "Pues ni idea señor. En efecto, no figura... Lo siento... Por cierto, ¿ese tipo no era nazi?" ¡¡¡¿¿¿???!!! (Así me quedé) "Señorita, sobre quién era ese tipo no discuto... Cierto que tenía fama de maldito... Pero los nazis buscaban las obras de arte de otros países para incautarlas y llevárselas para Alemania; Gallardón sencillamente permite que se las quiten en cada reforma sin tener ni puta idea de su rastro. ¡Si es que hasta los nazis degeneran, a pesar de que sigan con sus obras faraónicas." ¡¡¡¿¿¿???!!! (Así se quedó ella)
Pero ha estado bien la obra en la biblioteca. Han desaparecido cinco obras más, pero vamos, eran obras antiguas, descuartizadas y no estaban de moda. O sea, que al fin y al cabo, nada que importe, sólo carne de cañón para las librerías de antiguo; bazofia de museo, estiércol para Albertito.
La única vez que se me ha ocurrido escribir a la prensa (¡y me publicaron los testamentos, hay que tener valor!) fue por la cuestión de cómo tratan los libros algunos borregos de biblioteca (¿borregos o lechales? Supongo que lechales, porque hay que ser de muy poca edad y educación para hacer lo que algunos defenestrados mentales hacen). Los de la Biblioteca Central me respondieron, creo que ya lo comenté en algún sitio. Entre la punición que pudiese coartar la libertad de expresión y el acceso a los fondos bibliográficos a pesar del maltrato de los mismos, la segunda opción, sin lugar a dudas. Hay que permitir que si algún jovencillo quiere arrancar algunas laminillas de la Summa Artis, lo haga. Total, un pecadillo. Además, así entre birra y polvo, le dirá a la novia o al novio que ese cuadro sobre el dormitorio fue una hazaña de rata de biblioteca. ¡Y tan panchos! Después, si sale algún chorizo que diga "gugu gugu" se le manda a la escuela para que no cometa los pecadillos de los padres. Si la educación fracasa, ¡a hostias contra los profesores! ¡Al paredón con ellos! ¡Que los crucifiquen! ¡Malhechores! ¡Vagos! ¡Maleantes! Pero los hijos no pueden hacer lo que hacen los papás... ¿Se nota el extravío?... ¡Natural!... Son los últimos días... El saldo... Las rebajas mentales, la basurita que queda... Hay que hacer limpieza antes de que venga el forense, así que no esperéis ninguna joya... Las joyas las empeñé para pagarme las escort más fascinantes que os podáis imaginar... Así que ya no queda nada potable ni en el fondo ni en las formas. Sobre todo en las formas. Las pocas formas que me quedaban las mandé a la mierda el 9 de julio del año pasado. Después hice del balbuceo un estilo de muerte, pero el que no sepa verlo es porque está estreñido o paga hipotecas o cree en la democracia "como el menos malo de los sistemas de gobierno posibles". Así que laxantes y al trono, al huevo, al gran cero que todo lo consume... y si tiráis bien de la cadena a lo mejor mañana no os encontráis al despertar. Pero lo dudo.
Y hoy llovía al salir de la biblioteca. El diluvio. Pero nada de universal, muy parcial. Pero me chifla el cielo gris y amenazando lluvia. Amo los días grises. "Doctorcito, ¿y qué sacó usted de la biblioteca? ¡Si ya no lee ni las revistas pornográficas!" Pues mire usted, saqué algo para disimular. Me puse las gafas y fui de culto. Pero con la lluvia me tuve que meter los libros bajo la chaqueta y a correr. Pero esta tarde los devuelvo y en el trayecto... ¡como Dios! Me meteré en un bar, pondré los tres libros boca arriba, que se vean bien los títulos y a poner cara de gilipollas. Eso luce que te cagas. Y yo nunca he "leído" revistas pornográficas. ¿Los títulos? Tonterías, nimiedades, absurdos. Nada de Ken Follet ni del Brown ese. Palabras y sangre de Papini; Cefalú o El laberinto oscuro de Durrell (para releer, porque me quedé sin él de prestarlo y regalarlo); y Poesías de Catulo, una versión bilingüe latín-castellano (para recordar que hubo un día en que adoré los clásicos). Lo dicho, porquería, cosas que no leeré pero que lucen. Además he perdido vista por un tubo; tendría que haberme hecho unas gafas nuevas. Pero ya da igual. Para lo que hay que ver.
"Doctorcito, ¿cuándo dejará de echar tanta peste? Nosotros estamos aquí para lo magro, para lo sustancioso y refinado y, la verdad, hasta ahora nada de nada. Para caca de la vaca ya tenemos la realidad o la televisión. ¡Venga, doctorcito! Denos algo de lo que nos gusta oír, ya sabe; usted conoce nuestros gustos. Si no, se va a quedar sin halagos y sin aplausos. Y si no le gustan los aplausos, al menos hágalo por nosotros, que estamos enfermos y necesitamos cosas bonitas."
¡Joder! ¡Ésta sí que es buena! ¿Lo magro? ¿Lo sustancioso? ¿Cosas bonitas?... Yo os puedo decir dónde está lo refinado, lo elaborado, lo que ha pasado por todos los laboratorios del organismo: desde la laringe hasta el recto. ¿Queréis magro? ¿Queréis algo refinado y trabajado? ¡Pues más refinado que esto no hay nada! Laringe, esófago, cardias, hígado, pancreas; estómago, píloro; intestino delgado, intestino grueso... ¡Mil laboratorios dándole que te pego a la papillita que yo os doy aquí limpia de polvo y paja! ¿Y encima me pedís algo sustancioso? ¡Miserables! ¡Desagradecidos!... ¿Lo que necesitáis? ¿Quién sabe eso? No necesitáis nada. Se necesitan carencias. ¡Sí, sí, sí! ¡Carencias! Pero de las de verdad, no de las de hadas y rosaledas. Carencias de trinchera y de andamio... carencias de emigrante... de las que conocieron David y Goliath. ¡Algo magro! ¡Por aplausos! ¡A mí qué los aplausos!... ¿Enfermos? ¿De qué? No podéis estar enfermos si os ponéis lo que os tenéis que poner o si os quedáis quietecitos frente al televisor o con los amigos levantando y derribando el mundo con vuestra oratoria de Cánovas y Sagasta. ¿De qué os quejáis? ¿Aburrimiento? El que se aburre es por ignorancia, sí, ¡por ignorancia! Porque ignora la cantidad de daño que puede hacer a los demás y porque se siente impotente para llevarlo a cabo. ¡Pero qué pasa con esa autoestima, joder! ¡Si os lo proponéis os aseguro que cada día os lleváis a casa la yugular de diez o doce víctimas! ¡Tenéis capacidad más que de sobra! ¡Sois humanos aunque no lo creáis! ¿Aburrimiento? Eso es que desconocéis el arsenal de veneno que se filtra a cada segundo por vuestras aurículas y por vuestros ventrículos. ¡Ánimo! Probad poquito a poco. Primero con alguien que os caiga regular. Mentalizaos: "Yo puedo joderle, yo puedo joderle; joder a los demás es natural, joder a los demás es natural." Y cuando veas pasar al fiambre por delante de tu puerta, verás cómo se te va abriendo el apetito. Es como perder kilos, pero a la inversa. ¡Ánimo! Insisto: el aburrimiento es ignorancia de la mala hostia que llevas dentro y que deseas descargar en el prójimo. Si tienes dotes, esa descarga la puedes hacer con sutileza, como Hannibal Lecter cuando hipnotizaba con las palabras a sus víctimas para que se suicidaran. Pero para eso hay que ser forense como la copa de un pino y que te hayan metido un bosque de coníferas por donde le dices -o deberías decirle- "hola" al mundo cada día.
"Doctorcito, ¿cuándo dejará de echar tanta peste? Nosotros estamos aquí para lo magro, para lo sustancioso y refinado y, la verdad, hasta ahora nada de nada. Para caca de la vaca ya tenemos la realidad o la televisión. ¡Venga, doctorcito! Denos algo de lo que nos gusta oír, ya sabe; usted conoce nuestros gustos. Si no, se va a quedar sin halagos y sin aplausos. Y si no le gustan los aplausos, al menos hágalo por nosotros, que estamos enfermos y necesitamos cosas bonitas."
¡Joder! ¡Ésta sí que es buena! ¿Lo magro? ¿Lo sustancioso? ¿Cosas bonitas?... Yo os puedo decir dónde está lo refinado, lo elaborado, lo que ha pasado por todos los laboratorios del organismo: desde la laringe hasta el recto. ¿Queréis magro? ¿Queréis algo refinado y trabajado? ¡Pues más refinado que esto no hay nada! Laringe, esófago, cardias, hígado, pancreas; estómago, píloro; intestino delgado, intestino grueso... ¡Mil laboratorios dándole que te pego a la papillita que yo os doy aquí limpia de polvo y paja! ¿Y encima me pedís algo sustancioso? ¡Miserables! ¡Desagradecidos!... ¿Lo que necesitáis? ¿Quién sabe eso? No necesitáis nada. Se necesitan carencias. ¡Sí, sí, sí! ¡Carencias! Pero de las de verdad, no de las de hadas y rosaledas. Carencias de trinchera y de andamio... carencias de emigrante... de las que conocieron David y Goliath. ¡Algo magro! ¡Por aplausos! ¡A mí qué los aplausos!... ¿Enfermos? ¿De qué? No podéis estar enfermos si os ponéis lo que os tenéis que poner o si os quedáis quietecitos frente al televisor o con los amigos levantando y derribando el mundo con vuestra oratoria de Cánovas y Sagasta. ¿De qué os quejáis? ¿Aburrimiento? El que se aburre es por ignorancia, sí, ¡por ignorancia! Porque ignora la cantidad de daño que puede hacer a los demás y porque se siente impotente para llevarlo a cabo. ¡Pero qué pasa con esa autoestima, joder! ¡Si os lo proponéis os aseguro que cada día os lleváis a casa la yugular de diez o doce víctimas! ¡Tenéis capacidad más que de sobra! ¡Sois humanos aunque no lo creáis! ¿Aburrimiento? Eso es que desconocéis el arsenal de veneno que se filtra a cada segundo por vuestras aurículas y por vuestros ventrículos. ¡Ánimo! Probad poquito a poco. Primero con alguien que os caiga regular. Mentalizaos: "Yo puedo joderle, yo puedo joderle; joder a los demás es natural, joder a los demás es natural." Y cuando veas pasar al fiambre por delante de tu puerta, verás cómo se te va abriendo el apetito. Es como perder kilos, pero a la inversa. ¡Ánimo! Insisto: el aburrimiento es ignorancia de la mala hostia que llevas dentro y que deseas descargar en el prójimo. Si tienes dotes, esa descarga la puedes hacer con sutileza, como Hannibal Lecter cuando hipnotizaba con las palabras a sus víctimas para que se suicidaran. Pero para eso hay que ser forense como la copa de un pino y que te hayan metido un bosque de coníferas por donde le dices -o deberías decirle- "hola" al mundo cada día.

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