(¡... qué tímido es el ocaso... ! ¡... qué silentes los reproches...! ¡... qué sucio todo... !)
Lo que sale del violín es una pequeña serpiente que te gusta... me gusta... y me gusta la tarde que se apaga y que se muere. Me gusta ver el ocaso, ver el Sol del ocaso.
Sólo la tarde del miércoles 14 de noviembre del 2001 vi un ocaso pleno. (¡Todo estaba tan claro! ¡Tan instantáneo! ¡Tan mortal!... Nada lo ha superado... ). Por eso ningún "después" es después de nada. Y le pasa a todos aquellos a quienes he conocido: tras un momento en su vida de gran placer o gran dolor, todo lo demás es arrastrar. No hay palabra de desprecio o de cariño, ni siquiera un gesto, que no esté diciendo lo poco que todo vale frente a lo que se perdió.
En esta carretera todo va demasiado rápido ya. Las ruedas van solas, los zapatos caminan solos a velocidad endiablada -como en aquel cuento que no recuerdo-; y todo se acelera. Pero el violín es el instrumento que mejor toca el diablo y sus notas tienen la forma de una serpiente. Ya no me dan miedo las serpientes. Ni su ser ni su veneno me atemorizan. Nada que suponga conocer la muerte puede darme miedo.
Gracias a aquél que me dijo: "Cuando estés sano, cuando te abandonen los miedos, cuando te vea feliz y pleno... sólo entonces... habrá miedo en tu caso de que abandones todo, de que acabes todo -como esos psicoanalistas suicidas que pretendieron, lúcidamente y sin pastillas, conocerse a sí mismos-. Pero ahora hay demasiado miedo, demasiada angustia, demasiado temor como para preocuparse por nada. Tu masturbación perdiendo trenes continúa; pero quizás algún día... quizás algún día... te vea pleno y feliz. Entonces, y sólo entonces, temeré que des la patada a esa nada que se aferra a ti."
Gracias, porque esta tarde cualquiera podría verme feliz tras los violines. Incluso tú, amigo; incluso tú.
(Me llaman. ¿Será el ocaso?)

0 comentarios:
Publicar un comentario
Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]
<< Inicio