25.3.07

Contra los durmientes

La bonanza económica, el "mejor que antes" y poder disfrutar de lo que otros disfrutan no es "más"; puede incluso ser "menos". Igualarse es tanto como perder señas de identidad. Discrepar por método es igualarse. Sólo cuenta la rebelión y la sangre que ésta es capaz de hacer circular. Pero ahora el depósito de sangre para toda rebelión está vacío. Los rebeldes optan por suicidarse -hasta ese punto han perdido la fe en el bípedo dotado de lenguaje-. Si Dios pidiera a un Noé de nuestras días que encontrase a un rebelde para impedir el diluvio, supongo que se pondría a fabricar una nave decentita en algún astillero. ¡Ni replicaría! ¡No diría "esta boca es mía"! Al contrario, es posible que dijese a Yahvé: "¡Señor, esta vez has esperado lo indecible! Desde luego, eres paciente. O has tardado demasiado en reconocer que tu obra es una perfecta mierda, Señor. Pero al fin se ha encendido algo en esa mayúscula nada."
Pero, dejémonos de metáforas. Hablemos de la inmundicia del hombre sin recurrir a dioses o demonios que jamás han existido, salvo en el área fúnebre e irreal del cerebro. ¿Cuánto puede soportar un conjunto de números capaces de hablar? ¿Cuánto se puede prostituir y rebajar el lenguaje y el sentimiento de que uno es digno de algo? ¿Se puede prostituir más cuando todo se vuelve confortabilidad y mero "no dolor"? Si es así, aún nos quedan de cinco a cincuenta mil años para que esta excrecencia universal que es el hombre desaparezca y sea reemplazada por algo distinto y, por tanto, mejor. El criterio que dirime entre lo mejor o lo peor es tan solo la percepción, la simple percepción de las cosas. Y para percibir hace falta una mínima razón que hilvane esas percepciones.
Morir y dormir es lo mismo. Los durmientes están muertos. Ojalá algún día se percaten de ello.

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