4.3.07

Han pasado dos años.
Todos mueren. El hombre es mortal.
Conclusión:
No creo en la poesía.
No creo en la noche.
No creo en los días.
Me robaron lo que no tenía.
Me robaron.
Y ahora
Y después
Y nunca
Y cómo callan...
Y cómo se va todo hacia la noche y el poniente...
Y cómo se va todo bajo el frío...
Y cómo arde todo bajo un sol que no veré...
Porque tú me haces fuerte
Porque tú me lo das todo
Porque tú sabes que me voy sin nada
Porque tú sabes que yo lo fui todo
Y tú no sabes más que lo que queremos saber quienes no sabemos nada
Y quisiera construir un mundo tranquilo con pocas cosas; pero antes de construir es muy necesario derribar y destruir y quemar y sembrar una nueva muerte.
Los sueños están hechos de silbidos y de lo que la tristeza nos va mostrando a cada momento. Ya no soy rápido; pero a cambio nada es agobiante porque la respuesta es clara. Todo es tan claro que se puede decir que el niño ha muerto junto al hombre y que bajo el ciprés no hay sombra.
El calor de la tarde, el frío de la noche, las nubes de la ignorancia y del olvido; las flores que se marchitan, la autovía que quema los sueños. Y todo manejado bajo las ruedas de la intransigencia que todo lo desvela.
Rápido, amor mío.
Rápido, que nos dicen que todo se acaba.
Rápido como las estrellas centrifugadas por nuestros desprecios a la madrugada.
Rápidos como un vuelo que sólo regenera muertes.
Rápidos como un tú y yo que se ha engañado desde el inicio por no contar con el tiempo.
Rápidos como un "ya no nos vemos más que cuando sea necesario como la muerte". Por eso, nos veremos en los cementerios de madrugada, después de que hayas llorado a otros muertos más benéficos para el alma y para el corazón.
Que yo te conozco, mi cielo.
Que yo te conozco, mi vida.
Que yo te conozco, serenidad de mi nostalgia muerta bajo la tempestad.
Que yo te conozco cuando los corazones hablan de maldad, silencio y alturas de desprecio.
Que yo te conozco como jamás te conoció ninguna reina de la luz y ninguna reina de las sombras.
Y no hay vírgenes en Barcelona.
Y no llueve en Cádiz.
Y el calor asfixia en Murcia.
Y en Tenerife todo fluye.
Y donde imagina el amor vestido de todo lo que lo mata los monumentos hablan.
Y rasgo...
Y rasgo...
Y rasgo...
Tan rápido que no puedes admirar ni decir nada; sólo tú, sólo yo, solos tú y yo como una andanada que va a morir entre las sombras del día.
Tan rápidos como el hastío.
Dicen que una momia silenció sus labios con arpegios de vaselina y notas crasas que olían a rosa muerta. Pero no hay momias en la selva; jamás las hubo.
Lianas de letras y ocasos: eso es la selva.
Nadie vuelve de donde ha visto ponerse el Sol. Y no puedo volver. Hay quien en vez de volver resucita -es decir, se consuela-. Y a mí me han crecido alas en medio de la nada para transmitirla a quienes creen en el cadáver del hombre.
Huele a vida aquí donde los reyes no tienen tumba. Huele a vida aquí donde el semen se derrama a raudales sobre vientres estériles. Huele a vida aquí donde sólo llueve la castración de la vida.
Dios te ama, el presidente te ama; y mamá te llama para que le lleves magdalenas al pie de la tumba donde no crecen flores.
Y todo rasga...
Y todo escuece...
Puedes subir a la montaña y ser misericordioso o misericordiosa con los pordioseros que piden de beber el agua de la vida y el hierro de la nostalgia; pero a veces no se sube con los pies ni con el cansancio de las alas.
Tú y yo sabemos cosas que no podemos contar.
Tú y yo hemos vivido instantes supremamente inolvidables, que antes de nacer ya han caído en el olvido; eso nos hace hipócritas y cínicos como canallas que deben respetar la ley.
Recuerdo cuando esperabas que yo cayera muerto para anotarme en la pizarra. Recuerdo cuando me velabas y alegabas y alegabas y alegabas como alega el insomnio. Recuerdo cuando me llorabas con la inexpresividad funeraria de quien asiste a todos los funerales para no tener que velarse un día. Y me dijiste "hola, mi amor, mi amor, mi amor"; y yo te respondía con úlceras en los labios.
¡Venga! Pelillos a la mar y nomeolvides al criptograma de la selva. Somos responsables y dignos y sabemos lo que queremos, lo que no tenemos y la Biblia en castellano antiguo o en verso.
Abastecidos quedan los cabrones de la tierra con sus astas quebradas.
El que no sepa vivir la bebida o beber la vida queda anatemizado y anatematizado por un aluvión de máximas morales insobornables y dispersas. Hay cuerpos que son centones de lamentos. Hay almas que ni son.
Hora...
Hora...
Hora de que los cabrones nos vayamos a la cama.
El agua baja por las escaleras; pero no es agua. El niño se ha orinado de miedo y está quemando los peldaños con el fuego de su dolor.
Y estos dedos están coordinados para llorar y llorar mientras la niebla sea niebla. Y está nublado en occidente y mañana no amanecerá allí donde nada alienta.
Y el niño Jesús sigue mojando los pañales cuando contempla la fiesta. Vivimos al lado de la fiesta, infatigables y férreos como vírgenes abusadas por la necesidad de mil hombres.
¡Ah, la pérfida y maligna virginidad que todo lo corrompe!
He cogido de los cabellos al día y he montado sobre el unicornio de la tarde. Ya no me queda nada. Todo rehusado, quemado, acabado; hecho cenizas y polvo. ¡Cómo me he arrastrado hasta las naves para encontrar sólo un desierto!
No creo en la alegría.
No creo en la mañana.
No creo en nada.
Me venzo.
Me vencen.
Y las mañanitas cantan.
Y en cada santa hay una gladiadora sobre la arena de cada "te quiero".
Aquí se zurcen sudarios.
Aquí se mata.
Aquí me muero

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