La siesta del pobre es la inquina del rico.
A los ricos, ¡un festín! Sólo al final, después de los postres, la verdad sobre el plato ingerido: sus hijos aliñados como un buen venado.
A los de arriba: hay un sótano y siempre ha habido cuerpos en descomposición.
A los que yerguen fundamentos a la enésima potencia: ¡nadie debe cejar en sus convicciones! ¡Nadie!
A los que derriban torres de ajedrez: el ajedrez puede subsistir sin torres.
Y ahora a morir.

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