Me digo lo que está pasando. Antes de la primavera. Horas antes de la primavera.
Las pesadillas no se distinguen de la realidad ni de la fantasía. Los matices no existen. Si los hay, no se perciben. Sentir sólo sirve para que nada sirva. Así que, coge la botella, trinca el tubo de pastillas, arrambla con la jeringuilla y dale gusto al diablo. Al menos, entonado, creerás en algo que ya no da ni sueño y que tampoco despierta. Antes, con la Faithfull, uno podía pensar que el mañana estaba llamando; ahora sólo te queda un agujero sobre el que caer como el que cae en la cuenta de que es sólo una deuda.
Me he cansado de las palabras y de los juicios. No tengo ya ni fuerzas para detestar. Me importa todo tan poco que no siento ni indignación ni maravilla. La admiración para los pobres. Yo estoy por encima de la riqueza y de la pobreza, yo no existo; soy un paréntesis demasiado hinchado que se va a volatilizar. Cuento monedas de aire y las esparzo entre los niños que huyen de mí. Sé muy bien lo que no me espera y lo que me queda. Mi mayor consuelo: no hay nada que el cuerpo no resista. Y será un instante, siempre me dije que sería un instante. Todos sabemos que será un instante y queremos vivirlo de la mejor manera posible. Queremos "vivir" el instante de la muerte de la mejor manera posible. Ella siempre nos limitó; sin existir, nos limitó la muerte. Pero la primavera siempre abrió su coñito para hacernos creer inmortales. El coñito de la primavera, ¡es tan lindo! Pero la primavera también puede ser una colita tierna que, juguetona, hace olvidar a la Reina de los Olvidos. La colita y el coñito pasean sobre la dentera de la muerte. Las flores son sólo sexo que como una mosca de segundos contados revolotea sobre la huesuda nariz de la muerte.
Me partirá un rayo. ¿Y qué?

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