21.3.07

Se necesita resurrección.
Lactescente como un deseo, la noche caerá; pero el Sol no cantará victoria. [Eso, señores, es mayo].
Quien tiene heredad (hijos, nietos, familia) tiene gloria y se responde a muchas preguntas –a esas preguntas que gusta hacer, porque tienen respuestas, e incluso respuestas bonitas; pero no a esas preguntas que devoran como mancuspias-.
Se vende cáncer como pitillo, como vino, como inhalación de un tóxico recién inventado. Se vende fe. Se vende un pedacito de tarde que quepa en la noche. Se lentifican muertes y se ralentizan espantos.
Uso gafas para no ver y mi sordera es incurable. Suelo hablar de mí tanto como de la muerte (como se puede ver hablo de cosas inexistentes).
Creo en los santos (inexistentes) y creo en lo que no haya que creer. Me pueden hacer comulgar con ruedas de molino; con molinillos de café y con molinitos de viento: pero cuando yo quiera. Y he de decir que comulgo con poco (con la muerte y poco más, mi compañera).
El timbre del teléfono es un latido, dos latidos, tres latidos y un número natural infinito.
Dime, ¿vas a venir? Si me respondes afirmativamente, es posible que me asuste –o no-.
Es hora de un café. La hora del café siempre está antes, incluso mucho antes, que la hora de que los cabrones nos vayamos a la cama. “Teñó cabón, teñó aztado, teñó cabón” (los niños sí que saben cuando señalan con el dedo).
No negaré jamás mi condición de virginal cabrón. Me han puesto los cuernos antes de empezar… ¡siempre!... ¡absolutamente siempre!
Suelo degenerar conforme el dolor se genera.
“Déjame que te meta, cariño. Abre, por favor. Soy como un dios, soy redentor, soy calmante y alivioso; soy sin compromiso y, como tú, estoy dolido. Corneemos al viento, vida mía, soplemos entre pintura metalizada y polvo de insidia”.
Un coro infantil rompe a llorar, el alma se parte, las lágrimas ruedan y todo se olvida.

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