El señor de las manillas
He leído un comentario a un antiquísimo post mío (del año 2005). Era anónimo y he intentado averiguar quién lo escribió. No ha sido difícil dar con las huellas dactilares que lo pulsaron. Y he sentido rabia. Después he sentido compasión. Y por fin he sentido indiferencia. Me sería fácil ahora disparar flores contra quien perpetró el comentario y, así, apagar su aliento con un huracán de estornudos. Me pregunto si la alergia al polen es algo así como la alergia al esperma. Pero mejor que preguntarme, me respondo grandilocuentemente afirmativo. La semilla se pudre en olfatos que son hocicos y se pulveriza en labios quemados por el abuso. No estoy hablando de amor -que cantaría David Lee Roth-, ni estoy hablando de la animalidad de una hembra -por más que la hembra sea el animal más animal por excelencia-. Hablo de una naturaleza poco natural y tremendamente estéril. Hablo de un viaje torcido y de la comunión de los insanos que creen con fe de carbonero y esperan con esperanza lotera. Es decir, ni siquiera juzgo. Pero aún me queda algún óbolo de juicio para desentrañar bandullos de insípidas vísceras. Los más resentidos con la literatura usan rodilleras y reclinatorios. La genuflexión es un buen sustituto de la vista en lo que a lo intelectual se refiere -y quizás también en lo que a lo erótico respecta-. Batamos palmas.

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