16.4.07

"¡Pues claro que quedan peldaños! ¡Y quizás muchos! Cuando se toca fondo, estás muerto (es decir, estás en el estado que los demás desean para ti en cuanto te conocen). Y es ahí, en el fondo, en el fondo real, cuando compruebas en el penúltimo peldaño lo que siempre te niegas. ¿Por qué tanto apego a la esperanza, si la maldad puede más? Incluso en el más benévolo de los seres, la maldad no puede abandonarle. ¡No viviría si así fuese! ¿Te asombras o te entristeces de los pasos en falso? ¿De no haber cerrado el círculo? ¿De que se corroboren sospechas? ¿De que la certidumbre y la certeza brillen como el ocaso? No deberías. Sabes muy bien de qué material están hechos todos los sueños.
Te diré algo más. Hay que dejar aquello que se adora por muchos motivos. Porque si lo adoras, se siente divino; y cuando la sensación de divinidad se apodera de alguien, te convierte en esclavo y, como bien sabes, en enano. Y por razónes aún más poderosas hay que dejar de adorar: porque lo que se diviniza, ejerce su divinidad despreciando -aunque lo haga inconscientemente-; y el desprecio, cuando adoras, duele. Y hay razones más fuertes aún: nadie es divino; pero todos -sin excepción- se sienten así en cuanto algo les pone en pie y, entonces, dejan de ser humanos. Es entonces cuando hacemos daño a los demás, por más que creas que es al contrario. Hay que mostrar a los demás la soledad, el desamparo, la absoluta falta de protección: su humanidad -es decir, que jamás se sufre suficiente hasta que te sientes muerto-. Y mientras haya despreciadores despreciados... ¿necesito seguir?"

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