2.4.07

Lecter en Nueva York


Pues sí, señores, aquí estoy con el árbol de muñones que no canta y el niño con el blanco rostro de huevo. Había que volver para una despedida. Porque hay un dolor de huecos por el aire sin gente y en mis ojos criaturas vestidas ¡sin desnudo!. Es hora de cenar, papá; y aún tienes muchas cosas que decirme para que yo las sepa con la brisa que hiela el corazón de todas las madres. Aunque buscaste todo lo mejor para mí sin conseguirlo, no te culpo; sabes que soy capaz de todo, pero yo he de buscar por los rincones tu alma tibia sin ti que no te entiende.

De la gente me sigue gustando la amarga frescura de su milenaria saliva y la degusto con una cuchara de palo. Dicen que la razón de tal extravagancia es que vi como un familiar fue llevado para ser fornicado y herido por el tropel de los regimientos. Tal vez sea ése el motivo: cuando terminó la guerra era el momento de las cosas secas, era la gran reunión de los animales muertos. Creo saber mejor que nadie qué es lo que me empuja y lo que me motiva. Son los cementerios. Lo sé. Son los cementerios y el dolor de las cocinas enterradas bajo la arena. Son los muertos, los faisanes y las manzanas de otra hora los que nos empujan en la garganta. Ahora que todos conocen mi historia, saben que no importa que el niño calle cuando le claven el último alfiler. La venganza siempre puede abrir una grieta en la mejilla y verlo todo con el mundo de aristas que ven todos los ojos. Pero me queda un consuelo: no tener miedo, amarlo, sentirlo como almohada y saber que al que le duele su dolor le dolerá sin descanso y al que teme la muerte la llevará sobre los hombros. Recuerdo muy bien que alguien escribió que no hay dolor en la voz. Sólo existen los dientes, pero dientes que callarán por el raso negro. Y mis dientes se niegan a callar porque saben que dos hilillos de sangre quiebran el cielo duro. Cuando amanece y siento hambre, es un hambre casi insaciable; porque me devora la rabia de saber que la aurora llega y nadie la recibe en su boca porque allí no hay mañana ni esperanza posible. Y creo que sin esperanza es como se ha de vivir y gozar y danzar. Me siento mejor así, en esta condición de monstruo; mejor que cuando todas las rosas manaban de mi lengua y el césped no conocía la impasible dentadura del caballo. Me he repetido muchas veces a mí mismo, sin conseguir la asepsia de los cadáveres; he repetido al ser horrible que me domina: "estás aquí bebiendo mi sangre, bebiendo mi amor de niño pasado, mientras mis ojos se quiebran en el viento con el aluminio y las voces de los borrachos".

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