Despebarrejo para secretaria de formación papal y diseñadora curricular de fornido carácter y educación plana como desierto frío de estériles entrañas
Y nació como un dolor de muelas que, posteriormente, la medicina curaría. Se enquistó como un tumor que se obstina en desprenderse de aquellos a quienes enferma. Posteriormente los cirujanos lubricarían la víscera y la harían habitable a la penetración civilizada. Pero aquel dolor de muelas hecho tumor deseaba el salvajismo de un cáncer... ¡Sus! Ahí la naturaleza tenía algo que decir: los borreguitos enrabietados no pueden ser salvajes. Ahí la naturaleza se viste de madre y se pone a propinar azotes a los culos estrechos. Y que la naturaleza lleva razón lo demuestra que la corderita pidió teta, señalando con el dedito.
Conforme crecía su imaginaria fuerza, se consolidaba la debilidad manifiesta -manifiesta..., pero no querida-. Y la debilidad que se imagina lo contrario, ya se sabe, busca la paja en el ojo ajeno y en el propio. Las prácticas solitarias de Lawrence Durrell quedaron en nada cuando le dio por ponerse a practicar.
Y como una pastún de andar por cuadra meneó las posaderas para dar de beber al hambriento. Por ello se pensó real y pasó a ser un delirio en la soledad de sus sueños. Y follar no la convertía en mujer. Y joder no la convertía en doméstica gobernanta. La lava que engendra volcanes se queda en suero cuando mana de la estrechez de un prejuicio: la libertad no está reñida con los preceptos de la beatitud -así se consuela la escocedura de la permanente insatisfacción-.
Apeló a los muertos, invocó a los santos, se dio golpes de vientre, encumbró el De amicitia a cimas que ni el propio Cicerón hubiera imaginado. Y así, apelando, invocando, golpeando y dando saltitos de rana se metió en el charco de la amargura. Y ya sabemos que las ranas consideran rey al sapo capaz de escupirlas. Así que se fue a tocar flamenco con los sapos y a vivir de soleares rancias. No sin dejar de lado la postmodernidad de los alaridos. Así que se compró un tocadiscos y lo llamó Toby. Por eso para ella los perros no ladran, sino que muerden versos como quien fuma porros en Jamaica.
Saltaba de charco en charco, comía camarones y se emborrachaba como una lechuza a la que internan en una bodega. De ahí sólo podía renacer el cubismo en forma de trastorno psicosomático. ¡Y menuda obra de arte se fue a parir por generación espontánea! Se hizo democráticamente virgen y hagiográficamente puta. ¿Contradictorio? ¡Quia! Real como la vida misma desde el punto y hora en que decide matar en vez de vivir o sobrevivir.
Sería fácil, a la vez que mezquino, ser sencillo en algo tan complejo como la transformación del cruce de un óvulo y un espermatozoide en sombrío caos. Pero no es nada complejo. Es la sempiterna historia de unos azotes postergados y de unos mimos consentidos. Por eso hay niñas que sólo pasarán a mujeres cuando obtengan muchos puntos de sutura en lo que consideran la esencia de lo libre femenino.

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