Man on the silver mountain I
Antes de hablar de un nacimiento, debemos remontarnos a la muerte de lo nacido. Así, podemos contar su vida entera. Y todo ello desde la imparcialidad. No hay nada más objetivo, mortal y amablemente siniestro que la imparcialidad en los juicios. ¿Quiénes los jueces? La razón, la lógica, la matemática; lo hablado, lo escrito, lo reflejado sin distorsión alguna que lo torne en su contrario.
(¿Aburrido, verdad? ¡Tranqui, tronqui! Te aseguro que las lágrimas de risa también pueden convertirse en lágrimas de sangre).
Ahora sólo presentar al personaje que presenta: un hombre. Los calificativos sobran. ¿La montaña de plata? Una metáfora, un adorno, un pedestal, un mirador desde el que escupir sin que sepas dónde cae lo que se ha podrido dentro a fuerza de tolerar.
La verdad, brillante y metálica, exige a veces determinadas faltas (así es como la verdad, con tales faltas, demuestra estar embarazada de afirmaciones contundentes). ¿Qué faltas? La falta de respeto, la falta de cariño y la falta de confianza. Y puedo afirmar que la verdad está preñada a reventar. Para crear una bolsa de verdades basta traicionar esas tres utopías. Como en mí las han traicionado varias veces. Y ahora hablo sin metáfora, yo; aquí no hay genios malignos. La razón de que no los haya es que, como en las Meditaciones Metafísicas del señor Descartes, todo genio maligno no es tan maligno, sino que sirve a Dios. Mi "genio maligno" tendrá poco de genio; pero es tan maligno como la verdad.
¿Veis esa olla con capacidad para miles de millones de toneladas? En ella sólo hay aceite hirviendo. Pero los lectores están a este lado del muro, bien ubicados, como espectadores. Nada, pues, que temer. Y a quienes están del otro lado del muro, si son creyentes, les queda el sacramento de la penitencia o... una ducha. (O las dos cosas)
Fin de la anunciación.

0 comentarios:
Publicar un comentario
Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]
<< Inicio