
De nuevo ellos. Conocen mis secretos, conocen mi talón derecho y mi talón izquierdo; y saben disparar. De nuevo ellos, que no creen en la luna ni en el odio de los otros; como si sólo ellos pudieran albergar y disponer del fruto que expulsaron. Como si los frutos no pudieran ser un veneno mortal cualquier noche de agosto. De nuevo ellos. Ellos, que quizás pronto sean iluminados por las luces reflectoras de la policía, del SAMUR y de todos esos vehículos que sirven a la luna en el caliente agosto cuando la sangre arde y se desborda por el Etna de la inconsciencia.
¡Dios mío! ¡Dios de nadie! Deberías guardarme de la ira ahora que mi salón está ocupado desde hace dos semanas por las malignas criaturas del Señor de los Narcóticos. Pero lo que haya de suceder, que suceda. Me siento como aquél en Getsemaní, no deseando lo que ha de suceder -y lo que sucederá-.
Siempre nos quedará haber servido hasta la muerte al genio maligno. Sólo él ha estado, está y estará ahí incluso después de la muerte.
Recemos: "Que la ira, ¡oh, Señor!, restablezca la justicia en los corazones y que lo callado y olvidado inunde de lava todos los rincones".
Amén.

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