16.8.07

Desde la sedación y la embriaguez os pido:

-No utilicéis palabras de las que no sepáis dar razón o una mínima historia. Por ejemplo: bueno, malo, honesto, digno; bonito, feo, educado, civilizado; sagrado, elegante, culto, reverente; beneficioso, útil, nocivo, inútil; fuerte, débil, asqueroso, adorable; maravilloso, horrible, amabilísimo, cruel; confortable, incómodo, siniestro, místico; ejemplar, desdeñable, admirable, indiferente... etc, etc. Si no sabéis dar razón o historia, sencillamente: utilizadlas, pero con valor de uso y de intercambio, sin más. No deis a esas palabras poderes o esencias que quien las pueda haber estudiado con la reverencia y la profesión de un cabalista se sentiría impotente al ver cómo no tiene nada que ver el uso con la fuerza que albergan.
-Si constatáis que hay gente por encima de vosotros o por debajo de vosotros, quedaos donde estáis. Posiblemente eso os individualiza y os hace singulares. Si os dan un puesto, un nivel, una función o algo que os generalice o especifique: en ese caso sois género o especie, pero no individuos. Es decir: no os distinguís de nada, sois prescindibles e incluso vuestro número molesta a la matemática de la perfección.
-No habléis ni mal ni bien de los sacerdotes: siempre ha habido y habrá asesinos. Tienen su función como esos animales que nuestra ignorancia tacha de nocivos y sin los cuales no habría ecosistemas en los que sobrevivir.
Vais a morir. Nada más despertar, antes de estiraros, antes de poner un pie en el suelo, decidlo en un susurro y después en voz alta. Después, intentad ser coherentes con esas tres palabras.
Lo demás... ¿Qué es lo demás?

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