9.8.07

La princesa sin piernas

Era una beldad que creía bailar como las hadas. El aire no era obstáculo. Los suspiros eran como notas en el pentagrama del vacío. Tenía alas en la espalda y susurros en el pecho. Era bonita, grácil, nenúfar y mártir. Lo era todo para el entusiasmo; no era nada para el aburrimiento y el tedio la despreciaba. Era la mejor bailarina de cualquier harén, la mejor princesa de cualquier reino, un gemido en el estallido de todo orgasmo. Lo era todo. No era nada. La contradicción manaba de todas sus fuentes para hacer perder el alma a cualquier corazón que la anhelara.
Pero siempre hay un elfo de voz gigante que sabe hallar la nanomácula en el corazón y en la belleza ajenas. Y llegó el elfo, disfrazado, a la corte de la princesita princesona. Sólo hizo una minúscula observación, una nanobservación, una apreciación inapreciable para la mayoría -y aún todos somos una inmensa mayoría-. Llegó a sus aposentos y le dijo: "No me volveréis a ver, princesita princesona; así que me permito haceros la más minúscula de las nanobservaciones: no tenéis piernas." Después, el elfo de gigante y pura voz, se retiró al centro del círculo oscuro del que nadie podrá sacarle.
Amén.

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