14.8.07

"Todo prometía, todo desilusionaba."

En este vacacional mes de agosto ("vacacional" no es sinónimo de "jubiloso"; para mí no: yo me aparto de la badana humana que participa de esa acepción por estar bien acopladita) al menos dedicaré esta lápida a estos treinta días de hastío antes de que llegue septiembre y el otoño. ¡Ah, septiembre y el otoño! Esa sí es una época prometedora: psiquiátricos, renuncias, consumación de decepciones... Y si el destino ayuda podría ser el fin de las estaciones.
Antes había exaltación en mis denuncias, en la cólera, en la ira. Pero todo termina por ceder a la languidez. Como sucede con las enfermedades de las personas mayores: van más lentas, transcurren con menor intensidad -pero con mucho más tedio, aunque el tedio acaba siendo familiar como la soledad, si antes no se ha puesto el remedio que la vida da a todo-.
Uno querría, en la mitad de este mes zarrapastroso y bastardo en que el Sol lanza ya los últimos estertores antes de escupir un vómito de sangre como un toro en la plaza, que la agonía quedase fijada en un punto de tranquilidad y quedarse con una pose expresionista mirando a la muerte (como los personajes del Séptimo Sello). Antes "todo prometía y todo desilusionaba"; ahora todo es una espera del descabello. La voluntad murió hace mucho y lo que ha quedado es bastante árido. Y para colmo la voluntad se llevó también los deseos de morir o de darse muerte. ¿Lo que queda? Eso está en cada instante. Aquí ningún plan cabe ya, ningún proyecto, ni siquiera un día a día. Se vive en la tediosa espera de que en cualquier segundo la espada de Damocles -que inspira cualquier cosa menos miedo o nobleza- caiga como un puñalito o un aguijón sobre el centro de la respiración y todo quede en silencio.
Silencio.

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