Mis sueños se perdieron; incluso el sueño de la voluntad. Ahora todo es un día a día en el que sólo busco la fuerza suficiente para sonreír a cada desgracia. Y las desgracias no dejan de sobrevenir y yo desearía sonreír y no dejar de sonreír.
Arriba, ya os lo digo, no hay nadie. Abajo tampoco. Si os lo digo con una cierta convicción es porque he estado. No hay nada: podéis estar tranquilos... o nerviosos... da igual. Yo os digo lo que he visto. Debéis comprender que yo ahora pertenezco a los categorizados como "no muy bien de la azotea". ¿Entendéis? Pero, en serio, y por si os sirve de algo: no hay nada. Podéis hacer lo que queráis siempre que no topéis con la sanción ante la transgresión de una ley. Por lo demás, "moralmente" (sea esto lo que sea y que puedo refutar en toda "regla"), estáis licitados para cualquier acto (sublime o nauseabundo); porque en ese juego de la moral el relativismo no se ha superado ni se superará nunca. Si alguna vez creéis que se supera, es porque un totalitarismo así lo ha decidido y, en ese caso, ¿hace falta otra prueba de que la legitimación es fraudulenta?
¡Pues eso! Que al que me lea le quede la sana conciencia de que no hay acto en esta tierra que se pueda calificar de bueno o malo. Sin duda, se admiten opiniones de todo género. Lo triste es que a uno le haya sido concedido el don o la pena de poder refutarlas. ¿Soy presuntuoso? Ojalá estuviese en el bando de esos que se ofenden ante la calificación de "presuntuoso": significaría que los predicados me afectan. Pero, lo sabéis, no es así. Vuestra muerte o vuestra vida están al margen y por encima y por debajo de mi vacío. No a mi altura.

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