La persiana rota, el niño enfermo, la risa que gira y el blanco como color definitivo para la libertad de un adiós.
Brindo y me rindo. Te rogamos, óyenos; te rogamos, deja de rebuznar.
El niño, el anciano, el perro; los que cruzan para ser cruzados y aplastados antes de besar el reposo de un tanatorio. La madre que cicatriza, el padre cuya próstata desmiente que sea el elegido, el hijo que es totalmente prescindible: los que rezan para acabar rezados. ¡La pobre gente que jamás se considerará humilde! Porque los naturales nunca son humildes, salvo cuando se hacen tan animales que pueden comer hasta reventar y beber hasta caer malditos.
Y Page mientras pagando el alquiler de un templo para oficiar maleficios al caído. Y, mientras, mientras, mientras como si el invierno fuese a llegar.
Brindo y me rindo. Te rogamos, óyenos; te rogamos, deja de rebuznar.
Lo negro impera y se humilla como terciopelo para besos funerarios. Ora pro nobis! Y nos sentamos y nos sentimos y cogemos el coche. ¿Sabes lo que eres? El caballero, la muerte, el diablo, San Jerónimo y un ángel que hace pedorretas a todos los claroscuros. "¿De dónde has salido?" Me lo preguntas y me admiro de que te admires por ser yo alguien tan poco digno de admiración. Así es, puedes preguntar, extrañado y admirado (pero no admirable). No sé muchas cosas esenciales para ti; es más, las ignoro todas. Y te respondo: he salido de donde tú vas a ir. Y ahora puedes bordar o hacer que borden tus iniciales en esa camisa de seda blanca y ser el ejecutivo mejor embalsamado de todas las consultorías del mundo. Porque esta misma noche me visitarás donde esperarás a tus hijos.
Brindo y me rindo. Te rogamos, óyenos; te rogamos, deja de rebuznar, Dios Su Señor.
Les conoció a todos mientras inundaba su alcancía, se mojó hasta inundar desiertos ajados, envilecida como una verga escupida para poder ensartar mejor a la reina de copas. Y se corrió como se corren las hienas: muy seriamente. Se aplastó contra la piel del deseado y nunca amado, se plastificó de sudor hasta secar la rajita mutilada del deseo. Y no dejó de ser ella, por más que el diablo ya tenía su firma.
Brindo y me rindo. Te rogamos, óyenos; te rogamos, deja de rebuznar, Asno.
Soga y hoz, hacha y martillo, corre-corre-que-te-pillo; y un aval de la Comunidad acreditando que ya eres más docente y más docto, incluso culto (mas no por ello más educado, porque el diablo no puede ser educado -¡hasta ahí podíamos prostituir la dignidad!-). Y la guadaña se hace copa y escupe gargajos de verdad. No sé cuánto puede llegar a decir un cerebro enfermo de seriedad y cordura cuando el calor dilata los cuerpos. ¡Ay tú, ebriedad! Rozas las rodillas desencabestradas y las trituras con el pisapapeles de la solvente apariencia de madre virginal, en tanto que la célula de la suciedad se arruga como una pasa y pierde los dientes.
Brindo y me rindo. Te rogamos, ruéganos; te rogamos, hazte de rogar para que no valga ningún ruego.
Y como has elegido, elegida quedas por tu elección. Levanta la cabeza, ungulada, levanta la cabeza y pisa con el garbo de las bestias que la naturaleza utiliza. Me retiro. Como siempre sin olvidar me retiro. La vida resucita una vez más para caer más estrepitosamente con millones de sentencias proclamadas por el odio -la única justicia-. Y tú, envarada, casta y castrada arrastras un manto de quejas purulentas y apestosas para culminar tu gesta de gestos inútiles.
Brindo y me rindo.

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